Sunday, October 21, 2018

Breve historia genealógica de las Rojas

Índice


Presentación
Capítulo 1: Toña Rojas
Capítulo 2: Juliana Velázquez
Capítulo 3: los Romero
Capítulo 4: los Rojas (parte 1)
Capítulo 5: los padrinos de bautismo
Capítulo 6: los Rojas (parte 2)
Capítulo 7: ¿eran las Rojas personas “blancas”?


Presentación


La idea de este relato es dejar testimonio escrito de los resultados de mi investigación acerca de la historia y la genealogía de las familias Rojas, Velázquez y Romero, de la isla de Margarita. Esa investigación me ha llevado a revisar de manera exhaustiva los libros parroquiales de la iglesia de Santa Ana del Norte, los cuales fueron microfilmados por la Iglesia Mormona en la década de los 90 y recientemente han sido digitalizados para su acceso por internet. No obstante, las partidas contenidas en los libros no están indexadas, lo que quiere decir que la búsqueda debe hacerse mirando imagen por imagen y descifrando la en ocasiones difícil caligrafía de los párrocos.

Aunque empecé este trabajo en el año 2016, y pude encontrar entonces las partidas de bautismo de las hermanas Rojas, hijas de Antonia (Toña), llegué rápidamente a un punto muerto por desconocer el nombre de los padres de Antonia y el del padre de sus hijas. Sin embargo, a finales del año pasado llegó a mis manos, por intermedio de mi prima América Gil Villalba, un borrador manuscrito con un árbol genealógico de varias generaciones de la familia a partir de Juliana Josefa Velázquez, abuela materna de Toña. Aunque el borrador -elaborado por Rosa Rojas, nieta de Toña, y su hija Rosdely Lárez Rojas- no traía indicaciones de fechas de bautismo o matrimonio, fue suficiente para reemprender la investigación con nuevos bríos.

El resultado creo que ha sido satisfactorio teniendo en cuenta las enormes dificultades que ha supuesto el mal estado de conservación de los libros de bautismo, defunción y matrimonio (los llamados libros sacramentales) de Santa Ana, sumado a la pérdida completa de algunos de esos libros y la frecuente rotura de páginas de los que han logrado sobrevivir. Todo ello sumado a que el contenido de los microfilmes realizados por los mormones, con sus docenas de miles de imágenes, a menudo no guarda orden cronológico y contiene una mezcla de documentos de distinta época o naturaleza. He tenido, por tanto, que hacer un trabajo previo de de catalogación y preparación de índices del contenido de los microfilmes que ha consumido, como mínimo, la mitad del tiempo dedicado a la revisión y búsqueda en sí de partidas de bautismo, matrimonio y defunción.

Lo que sigue es una narración basada en lo conseguido tras completar la investigación. Comenzaré mostrando parte del árbol genealógico de la familia, el que contiene las generaciones más próximas a las hermanas Rojas (árbol genealógico nº 1). Posteriormente iré mostrando otras partes del árbol cuando hablé bien de los descendientes bien de los orígenes más lejanos de las hermanas.




Capítulo 1: Toña Rojas


Desde que era niño, en la casa de mis padres siempre se habló de la generación de mi abuela Mercedes y de sus hermanas como de “las Rojas”, a pesar de que tenían un hermano varón llamado Camilo Enrique. Poco sabíamos, sin embargo, de la historia de esta saga mayoritariamente femenina. Toña, como llamaban a Antonia Rojas, la madre de las hermanas -y del hermano-, fue al decir de la abuela Mercedes, una mujer “de carácter”. Pero casi todas las mujeres de la Margarita de finales del siglo XIX y principios del XX seguramente lo serían. Eran tiempos duros.

Aparte de ese borroso dato sobre Toña y alguna vaga noción aportada por mi padre sobre su abuela -de la que recordaba que vivía en La Pastora siendo él niño-, nada más se sabía de ella en mi casa. Recientemente, algunas de mis primas, bisnietas como yo de Toña, han aportado algunos datos más concretos. Por ejemplo, en relación con el fallecimiento de Toña, América Gil Villalba afirma que debió tener lugar hacia finales de la década de los años 1940, pues recuerda que su entierro tuvo lugar en el Cementerio General del Sur en Caracas siendo ella una niña de unos 4 o 5 años, a la que vistieron para la ocasión. También recuerda que en los últimos años de su vida Toña vivió en una “casa de vecindad” en el caraqueño barrio de La Pastora.

Por su parte, Rosdely Lárez Rojas recuerda haber visto en muchas ocasiones la lápida de la tumba de Toña en el Cementerio General del Sur con la fecha de su fallecimiento: 29 de abril de 1949.

Ahora con los resultados de mi investigación en la mano, creo estar en capacidad de corroborar lo anterior y, al mismo tiempo, aportar datos adicionales a su biografía.

Antonia Rojas Velázquez, hija de Alejo Rojas y de Petronila Josefa Velázquez, nació en Santa Ana del Norte hacia el año de 1869 o 1870. Su partida de bautismo es ilocalizable debido a la destrucción parcial del libro de bautismos correspondiente. Pero en cambio tenemos datos precisos acerca del matrimonio de sus padres y de los nacimientos de sus hermanos, cuyas partidas de bautismo sí han podido ser encontradas.

Alejo y Petronila, padres de Antonia, contrajeron matrimonio en Santa Ana del Norte en noviembre de 1857 cuando tenían 20 y 18 años, respectivamente. Pronto fueron padres de una niña a la que bautizaron en julio de 1859 con el nombre de Petronila Josefa. A Petronila siguieron varios hermanos en rápida sucesión: Juan Manuel, nacido en julio de 1860; Julio, nacido en enero de 1863; María Josefa, nacida en enero de 1865; y Pedro Pascual, que nació en octubre de 1867, pero murió a los pocos días. La siguiente sería Toña, quien conforme a la edad que consta en su partida de defunción, nacería en 1869. Pero como he dicho, las páginas del libro de bautismo de Santa Ana correspondiente a esas fechas se han perdido.

Igelsia de la Villa de Santa Ana del Norte

Todos estos hermanos Rojas-Velázquez fueron apadrinados por la misma pareja, formada por los esposos Manuel Gómez y Francisca Antonia Gamboa. Esto parece haber sido una costumbre arraigada en Margarita desde que hay registros parroquiales: el ofrecerle los niños a la misma persona o a la misma pareja para que los apadrinasen.

Aunque no podemos asegurarlo, hay indicios de que Petronila, la madre de Toña, murió prematuramente cuando sus hijos eran aún niños. Habría ocurrido en abril de 1877, a los cuatro meses de que Petronila diera a luz a una niña que fue bautizada como Petronila del Carmen. No podemos saber más detalles porque se han perdido los registros de defunción de ese año y del siguiente, aunque lo que sí sabemos es que en julio de 1879 el cura de Santa Ana realizó un asiento en el libro parroquial indicando que se habían pagado los derechos por una misa de aniversario a la memoria de una Petronila Velázquez. Tres años después, el 22 de abril de 1881, el cura de nuevo registra el pago de derechos por una misa de aniversario de Petronila Velázquez.

De haber sido esta Petronila la madre de Toña y sus hermanos, cabe preguntarse quién ayudó al viudo Alejo Rojas a criar a los niños. ¿Se casaría de nuevo? ¿Cuidaría de los niños la abuela materna, Juliana Velázquez, entonces de 64 años y que no fallecería hasta 1888? ¿O serían sus tías Eusebia y Nicolasa Velázquez, hermanas de Petronila, entonces de 27 y 21 años, respectivamente? No lo sabemos.

Siendo Toña una mujer de unos 20 años inició una relación con un joven de su misma edad llamado Julio Romero con el que tuvo -que sepamos- cuatro hijas y un hijo varón. Este Julio Romero era el vástago de una antigua familia de Santa Ana del Norte, fundadores de una localidad muy próxima llamada La Vecindad (también llamada el caserío Arismendi) en la que seguramente tuviesen aún propiedades para el momento en que Toña y Julio iniciaron su convivencia.

Julio, sin embargo, no era soltero;  estaba casado con una mujer llamada Eufemia Brito con la que tuvo varios hijos que fueron contemporáneos de los hijos que tuvo con Toña, dándose la circunstancia de que mientras los hijos de Julio con Eufemia fueron apadrinados por Candelario Romero, padre de Julio, y por Isabel Romero, su hermana, las dos hijas mayores de Toña -María Candelaria y Leonor- lo fueron por la misma Isabel Romero y por Julio Rojas, hermano de Toña.


Antonia Rojas Velázquez (“Toña”)

En uno de los pocos retratos de Toña que se conserva, realizado cuando era ya una mujer mayor, se la ve como una mujer de perfil noble, nariz fina, aunque algo prominente, labios delgados y cierta expresión bondadosa a pesar de lo acusado de los rasgos.

Rosdely Lárez Velázquez, su bisnieta, ha conservado de ella el recuerdo que le transmitió su madre Rosa Rojas:

“Era una mujer alta, delgada, blanca, de ojos claros. Mujer fina, de hablar bajo y buena educación. Tejía hermoso y enseñó a mis abuelas Librada Velázquez y Hortensia Rojas. Le disgustaba sobremanera que se sentaran en su cama; usaba enaguas y faldas largas, y fumaba unos "tabaquitos" que ella misma se hacía. Salieron de Margarita cuando mi abuela Hortensia se casó con "Ramirito" -que era gocho y militar en esa época- y se establecieron en Cumaná, donde nacieron los tres hijos mayores de mi abuela”.

Las hijas de Toña, en efecto, abandonaron la isla de Margarita siendo aún jóvenes. Algunas como Mercedes y Hortensia -y al parecer durante un tiempo también Leonor- terminarían instalándose en Caracas en la década de los 20 del siglo pasado, tras haber vivido unos años en Cumaná. En estas dos ciudades nacerían buena parte de los al menos 23 nietos de Toña (ver árbol genealógico nº 2), si bien los hijos de Camilo Enrique, su único hijo varón, nacieron todos en Margarita.


Según su partida de defunción del registro civil de la parroquia Altagracia de Caracas, Toña murió a las 5 de la madrugada del 30 de abril de 1949 a los 80 años, en una casa situada en La Pastora; concretamente la casa nº 10 entre las esquinas de Porvenir y Concordia. Fue sepultada, como hemos dicho, en el Cementerio General del Sur.

Partida de defunción de Antonia Rojas Velázquez, 30 de abril de 1949



Ubicación de la casa donde murió Toña Rojas en La Pastora, Caracas


Capítulo 2: Juliana Velázquez


Detrás de las Rojas hay un linaje posiblemente igual de importante para explicar la historia familiar: el de los Velázquez. La que para efectos de nuestro relato podemos considerar como fundadora de este linaje, llamada Juliana Velázquez, nació el 19 de junio de 1813 en Santa Ana del Norte. En esas fechas, y hasta la década de los años 1830, en Margarita, al igual que en otros lugares de Venezuela, las parroquias llevaban por separado los libros de bautismo y matrimonio de blancos, indios guaiqueríes y pardos; es decir, con mezcla de negro, mulato o indio. Por eso sabemos que Juliana fue hija legítima del matrimonio formado por un padre “blanco”, Carlos José Velázquez, y una madre “parda libre”, María Serafina Valdivieso. Por lo que hemos podido averiguar, Serafina descendía en tercera generación del matrimonio formado por un “pardo esclavo” de nombre Juan Eusebio Gamero y una “parda libre” llamada Antonia de Rivera, que debió nacer hacia el año 1700.

Las descendientes por línea matrilineal de Antonia de Rivera y de Juliana Velázquez, incluyendo a las Rojas y a sus hijas y nietas también por línea matrilineal, tienen un denominador común: el de ser portadoras de un marcador genético conocido como haplogrupo C1b del ADN mitocondrial. El ADN mitocondrial no define ninguna de nuestras características físicas, pero tiene una propiedad singular, y es que se transmite intacto -sin recombinarse con el del padre- de madres a hijas generación tras generación.

El haplogrupo C1b se originó en una mutación que experimentó una mujer que se encontraba entre los primeros pobladores de América hace 17.000 años, cuando los enormes glaciares que cubrían lo que hoy es Alaska empezaron a retirarse y permitieron migrar hacia el sur a los grupos humanos atrapados en las tierras hoy bajo las aguas del estrecho de Bering. Actualmente lo portan los descendientes de esa mujer en todas las Américas, tanto del Norte como del Sur, desde Alaska hasta la Tierra del Fuego. Es curioso que en muchas de las familias blancas anglosajonas de la costa este de los EE. UU. se haya transmitido la leyenda de que entre sus antepasadas había una mujer india, a menudo referida como una “princesa” india, y que muchas de estas personas hoy en día se hagan pruebas de ADN con la esperanza de comprobar esa tradición familiar oral, que a menudo resulta no ser cierta. En el caso de los descendientes de Juliana la existencia de una antepasada amerindia está acreditada.

Poblamiento de América y propagación del haplogrupo mitocondrial C1b

Carlos José Velázquez y María Serafina Valdivieso, padres de Juliana, tuvieron también otros hijos, todos legítimos: Dionisia, nacida en 1808, Toribio, nacido en 1811 y, finalmente, Francisca Antonia, nacida el 13 de junio de 1815 y, por tanto, dos años menor que Juliana.

Juliana, al igual que antes su madre Serafina, también se unió a un hombre blanco, León José Díaz, descendiente de dos familias importantes de Santa Ana del Norte: los Díaz de Hinojosa y los Amundarain, de los que sabemos que fueron propietarios de esclavos, al menos hasta la época de la Independencia de Venezuela. Se da además la circunstancia de que León José era nieto, por parte de padre, de doña Luisa Bencerraje, portadora de un apellido cargado de historia, el del uno de los linajes políticamente más influyentes del Reino nazarí de Granada antes de su caída a manos de los Reyes Católicos en 1492.

Juliana tuvo al menos seis hijos con León Díaz: Petronila, la madre de Toña Rojas, nacida en 1839, cuando Juliana Tenía 26 años; Francisco José, nacido en 1843; Norberto Trinidad, nacido en 1846; Eusebia, cuya partida de bautismo no he localizado, pero que por su edad al morir debió nacer hacia 1850; Eduvigis, nacida en 1854; y Nicolasa, la menor, nacida en 1856, cuando ya Juliana contaba con 43 años. Conforme a la costumbre margariteña, todos estos niños compartieron padrinos de bautismo: Francisca Antonia Velázquez, hermana menor de Juliana, y Justo Pastor Romero, quien luego sería abuelo de Julio Rafael Romero, padre de las hijas de Toña, de quien ya hemos hablado y volveremos a hablar.

De los hijos de León y Juliana, cuatro dejaron rastro en los libros sacramentales: Petronila, Norberto, Eusebia y Nicolasa. Es posible, aunque no podemos asegurarlo, que los otros dos -Francisco Antonio y Eduvigis Velázquez- murieran en la infancia. Comentemos brevemente los datos biográficos básicos de cada uno de estos hermanos.

De Petronila Velázquez, madre de Toña y abuela de las Rojas, ya hemos hablado.

Norberto Velázquez contrajo matrimonio en noviembre de 1880, a los 34 años, con la señorita Pilar del Carmen Caraballo, natural de Santa Ana. Tuvieron al menos ocho hijos, aunque no todos sobrevivirían a la infancia. Entre los padrinos de bautismo de estos niños estaba Catalina Caraballo, madre de Pilar, el párroco Jorge Quiterio Real y Nicolasa Velázquez, hermana de Norberto. Norberto Velázquez falleció en julio de 1921 a los 75 años en Santa Ana.

No sabemos si Nicolasa Velázquez tuvo descendencia. Además de haber sido en noviembre de 1898 madrina de su sobrina Modesta, hija de Norberto, en junio de 1902 fue también madrina, como se ha dicho antes, de su sobrina nieta Hortensia Margarita Rojas, hija de Toña. Falleció cinco años más tarde, en diciembre de 1907, a los 51 años.

Por último, Eusebia Velázquez fue madre de al menos dos niños varones: Francisco Máximo Velázquez, nacido en noviembre de 1874, y Bartolomé, en agosto de 1884. Eusebia Velázquez murió repentinamente en julio de 1934 a los 84 años.

Francisco, hijo mayor de Eusebia, se unió civilmente con Cipriana Mata, natural del Valle de Pedro González, con la que tuvo cuatro hijos: Narcisa del Carmen, nacida en octubre de 1898, amadrinada por su abuela Eusebia Velázquez; Hermenegildo, nacido en abril de 1901, también amadrinado por su abuela; Víctor Manuel, nacido en diciembre de 1904; y Librada, nacida en julio de 1907, cuya partida de bautismo no se ha podido localizar por la mala conservación de los libros parroquiales de esos años. Francisco Velázquez y Cipriana Mata contrajeron matrimonio canónico cuando sus hijos Hermenegildo, Narcisa y Librada ya eran adultos, concretamente 17 de agosto de 1942 en la iglesia parroquial de Santa Ana del Norte.

Los hijos de Francisco Velázquez eran prácticamente de la misma edad de Hortensia y Camilo Enrique, hijos menores de su prima hermana Toña Rojas, y siendo primos en una localidad pequeña seguramente habría bastante familiaridad entre ellos. En algún caso esa familiaridad dio paso a un vínculo matrimonial. Por ejemplo, en septiembre de 1950, cuando Camilo Enrique Rojas, hijo de Toña, contaba con 47 años contrajo matrimonio con Rosa Elena Velázquez, de 28, hija de su prima segunda Narcisa Velázquez. Asimismo, se unieron en matrimonio Rosa, hija de Hortensia Rojas, y Hernán Lárez Velázquez, hijo de Librada Velázquez, quien a su vez era hermana de Narcisa y prima segunda de Hortensia.

Las Velázquez fueron en general mujeres longevas. Juliana murió en noviembre de 1888 a los 75 años. Su hermana y madrina de sus hijos, Francisca Antonia, murió apenas unos meses después, con casi 74 años. Su hija Eusebia Velázquez murió, como hemos dicho, en julio de 1934 a los 84 años, aunque Nicolasa murió mucho más joven: en diciembre de 1907 con 51 años. Por último, las bisnietas de Juliana, tanto las Rojas como las Velázquez, murieron en general a edades avanzadas.


Capítulo 3: los Romero


En el capítulo 1 hablamos de Julio Romero, padre de las hermanas Rojas, y adelantamos que descendía de una de las familias más importantes de la comarca de Santa Ana del Norte.

Hemos podido investigar este linaje hasta finales del siglo XVII y principios del XVIII cuando vivió el capitán Domingo Martín Romero, que para nuestros efectos fue el fundador del linaje como lo conocemos. Sin embargo, es posible -aunque no podemos afirmarlo con certeza- que el capitán fuera hijo de otro Domingo Martín, vecino de la isla, que en 1639 solicitó y obtuvo de la Real Audiencia de Santo Domingo -bajo cuya jurisdicción se encontraba entonces La Margarita- la confirmación del oficio de depositario general de La Asunción. Como tal, habría sido el encargado de recaudar los ingresos del cabildo y de custodiar los bienes en litigio.

Al parecer, el capitán Domingo Martín fue propietario de uno o varios hatos de ganado situados en los valles que se extendían entre la villa de Santa Ana y el cercano puerto de Juangriego, donde con el tiempo se asentaría un poblado conocido como la Vecindad de los Martínez -en alusión al apellido ancestral de los propietarios- o, simplemente La Vecindad. El lugar estuvo vinculado a la familia al menos hasta el nacimiento de las hermanas Rojas a finales del siglo XIX, cuando había pasado a llamarse oficialmente el caserío Arismendi, en honor al prócer de la Independencia. Domingo Martín, que debió nacer hacia 1655, vivió al menos hasta 1726, año en que fue testigo en la boda de una de sus nietas, Leonor María Meneses. Como patriarca de la familia, y seguramente titular de un importante patrimonio, ejerció de padrino en los bautismos de sus numerosos nietos (ver el capítulo 5 sobre los padrinos de bautismo).

De los hijos que tuvo el capitán Domingo Martín con su esposa doña Francisca González tenemos noticias de cinco: Alonso, Francisco, Ana, Isabel y Francisca Martín. Todos ellos contrajeron matrimonio con otras personas del patriciado blanco de la zona y los dos varones, Alonso y Francisco, se incorporarían -como era costumbre- a las milicias de blancos, donde llegarían a alcanzar los grados de teniente y de sargento, respectivamente. De estos hermanos, nos interesa particularmente Alonso, nacido probablemente hacia 1685 y casado hacia 1710 con Gabriela de Salazar, por ser el antepasado de Julio, padre de las Rojas, y también porque fue en su tiempo cuando se produjo la transformación del apellido, que pasó de Martín a Martín Romero y luego simplemente a Romero.

Partida de bautismo de Gabriel Martín Romero, 5 de marzo de 1725
Esta transformación al parecer sólo se produjo en Santa Ana del Norte y su área de influencia, pues en el censo de Margarita del año 1737 no aparece ninguna persona de apellido Romero entre los cabezas de familia de la ciudad de La Asunción. Romero sería, pues, un apellido típicamente de Santa Ana y su comarca, al menos en lo que se refiere a la isla de Margarita.

El teniente don Alonso Martín Romero y su esposa doña María Gabriela tuvieron diez hijos nacidos entre 1713 y 1731, ocho de ellos varones, todos apadrinados, como hemos dicho, por su abuelo, el capitán Domingo Martín. Uno de estos hermanos, Gabriel Martín Romero, nacido en 1725, contrajo matrimonio en 1753 con Isabel, hija de su primo hermano el capitán Antonio Meneses de Acosta y, por tanto, su sobrina segunda. Necesitaron dispensa del obispo de Puerto Rico. Y para que todo quedara aún más en familia, la ceremonia fue oficiada por don Bernardino Meneses de Acosta, tío de Isabel, primo hermano de Gabriel y cura rector "de la parroquia del valle de la Virgen". La pareja debió gozar de buena posición económica, pues consta en los libros sacramentales de la iglesia de Santa Ana que fueron propietarios de esclavos, lo mismo que Santiago y Silvestre Romero, hermanos de Gabriel.

Árbol genealógico nº 3. Ascendientes de Julio Rafael Romero
Las dispensas por consanguineidad se convertirían a partir del enlace de Gabriel e Isabel en algo habitual en esta familia. En 1773 un hermano de Isabel, Francisco Javier Meneses de Acosta, contrajo matrimonio con su prima segunda Rosa Antonia Romero, hija de Santiago, hermano de Gabriel. De nuevo otro obispo de Puerto Rico, fray Manuel Jiménez Pérez, tuvo que otorgar dispensa. Dos generaciones después, un nieto de Gabriel e Isabel, Antonio de la Esperanza Romero, también necesitó dispensa para casarse en 1808 con su prima tercera Juana Guerra: ambos eran tataranietos del capitán Domingo Martín, cabeza del linaje.

Don Antonio Esperanza y los nueve hijos que tuvo con doña Juana Guerra no sólo descendían de lo que podemos llamar las familias de la Conquista, sino que fueron seguramente gente con posibles, como lo habían sido antes sus mayores. Sabemos, por ejemplo, que tanto don Antonio como sus hijos José Antonio y Justo Pastor Romero, junto con sus respectivas esposas, fueron inhumados en el pavimento de la iglesia de Santa Ana, delante del altar del Santo Cristo, privilegio que requería licencia especial del obispo y que estaba reservado a los miembros de la feligresía que se habían mostrado particularmente generosos con la Iglesia o que habían tenido una trayectoria especialmente destacada en la comunidad. También ha quedado constancia de las donaciones a la Iglesia realizadas por doña Rosa Ramona Ávila, esposa de José Antonio Romero y madrina de los hijos de Justo Pastor, hermano de su marido. Como personas principales, todos fueron padrinos de bautismo de numerosos párvulos nacidos en la Vecindad de los Martínez a lo largo del siglo XIX.

Como dato anecdótico, hay que señalar que una hija de don Gabriel Romero -y, por tanto, tía de Antonio Esperanza-, llamada María Dolores Romero, contrajo matrimonio con don Manuel Isidro de Mata. Fueron padres del héroe de la Independencia, general Policarpo Mata, bautizado el 26 de enero de 1793 en la iglesia parroquial de Santa Ana del Norte, ejerciendo su abuelo Gabriel Romero como padrino.

Candelario de Jesús Romero, hijo de don Justo Pastor Romero y nieto, por tanto, de don Antonio Esperanza Romero, nació en La Vecindad el 2 de febrero de 1846, festividad de la Virgen de La Candelaria. Sin haber cumplido aún los 19 años, contrajo matrimonio en enero de 1865 en primeras nupcias -tras recibir las dispensas preceptivas- con una prima, Petronila Meneses, que murió al año siguiente tras haber dado a luz a una niña a la que bautizaron con el nombre de Engracia. Pero dos años más tarde Candelario volvería a contraer matrimonio, sólo que esta vez la joven no pertenecía a su mismo grupo social.

En efecto, la contrayente, María Estanislaa Rodríguez no era blanca, sino hija de padres mestizos. Por parte de madre, Estanislaa descendía a través de su abuelo, don Cosme de Amundarain, hombre blanco, de una de las principales familias de la isla; pero, don Cosme había hecho un matrimonio desigual con una mujer parda llamada Juana Silvestra de Tovar. Asimismo, por parte de padre, Estanislaa descendía del matrimonio mixto formado por su abuelo Gabriel Rodríguez, pardo, con María Concepción González, blanca. No sabemos hasta qué punto don Justo Romero, padre de Candelario, se opondría o no a esta unión, pero de manera significativa no firmó como testigo el día de la ceremonia matrimonial, mientras que sí lo hizo la madre de Candelario, doña María Nicasia de Lista.

De este matrimonio mixto entre Candelario y Estanislaa nacería Julio Romero Rodríguez, padre de las Rojas. Curiosamente, la mayor de las hermanas Rojas, María Candelaria, nació al igual que su abuelo un día 2 de enero, festividad de la Candelaria. Fue amadrinada por su tía Isabel Romero y por su tío Julio Rojas.


Capítulo 4: los Rojas (parte 1)


El 21 de julio de 1837 tuvo lugar en la iglesia de Santa Ana del Norte un doble bautismo, el de los párvulos José Alejo y Alejo José, ambos de apellido Rojas y ambos nacidos el 17 de julio, día de la festividad de San Alejo. No eran, sin embargo, hermanos; ni siquiera sabemos -aunque es probable- si eran familia cercana. José Alejo era hijo legítimo de Fernando José de Rojas mientras que Alejo José era hijo natural de Escolástica de Rojas. Exactamente 20 años y 4 meses más tarde, Alejo José de Rojas -o simplemente Alejo Rojas, pues la partícula “de” del apellido acabaría desapareciendo- se casaría con Petronila Velázquez. Alejo José y Petronila fueron, como ya se ha dicho, los padres de Toña.

¿Qué sabemos de los antepasados de Alejo? ¿Quiénes eran los Rojas? ¿De dónde venían? A diferencia del caso de los Romero, sólo tenemos respuestas parciales a estas preguntas.

Cuando nació Alejo, el apellido Rojas era junto con Marcano, Lares y Quijada uno de los apellidos más frecuentes en la Banda Norte de la isla de Margarita, la cual tenía como capital a la villa de Santa Ana, pero extendía su jurisdicción a otras localidades como Juangriego, Pedro González, Tacarigua, Los Hatos, Pedregales y La Vecindad de los Martínez. Era además un apellido que compartían tanto los descendientes de los primeros colonos blancos de la isla como los mulatos y pardos descendientes de sus esclavos. La madre de Alejo, doña Escolástica de Rojas, pertenecía al primer grupo, pues su bautismo, que tuvo lugar el 21 de febrero de 1817 -es decir, 20 años y 5 meses antes que el de su hijo Alejo- aparece registrado en el libro parroquial de personas blancas de Santa Ana. Era hija natural de doña María Dolores de Rojas, mujer blanca de esa feligresía cuyos padres desconocemos por no haberse podido localizar su partida de bautismo debido al mal estado de conservación de los libros parroquiales en el período 1786-1788, cuando debió tener lugar su nacimiento.

Sin embargo, apoyándonos en la investigación realizada, tenemos suficientes datos para al menos plantear algunas conjeturas razonables acerca de la posible ascendencia de María Dolores de Rojas. De entrada, sabemos que era blanca, lo cual permite acotar el campo de búsqueda al poder descartar como ascendientes suyos a los numerosos pardos de apellido Rojas que vivían en la época en que nació. Por otra parte, gracias al censo que realizó en el año de 1737 el gobernador de la isla, don Alonso del Río y Castro, y a los libros parroquiales de la época -que hemos revisado de manera exhaustiva- también sabemos que durante el siglo XVIII -es decir, cuando nacieron María Dolores, sus padres y sus abuelos- prácticamente todos los Rojas de la isla de Margarita se concentraban en la Banda Norte, principalmente en la propia Villa de Santa Ana, en la localidad de Los Hatos y, en menor medida, en Los Pedregales. No había en ese entonces vecinos de apellido Rojas en la ciudad de La Asunción. Esto permite restringir la búsqueda a la Villa de Santa Ana y a los poblados bajo su jurisdicción.

También sobre la base de la investigación realizada, creo no equivocarme -o al menos no equivocarme mucho- al afirmar que la gran mayoría de las personas blancas de apellido Rojas que aparecen en los libros de bautismo, matrimonio y defunción de Santa Ana del Norte y toda su área de influencia durante la segunda mitad del siglo XVIII -cuando nació María Dolores- descendían de dos caballeros que nacieron hacia el año 1665: el teniente don Bonifacio de Rojas y el sargento don Juan de Rojas, ambos oficiales de los regimientos de milicias de blancos creadas por la Corona de España en la isla y que se nutrían de la aristocracia criolla. Un hijo del primero, llamado también Bonifacio de Rojas, contrajo matrimonio en Santa Ana en 1714 con doña Dionisia Díaz de Hinojosa, con la que tuvo al menos once hijos, diez de ellos varones. Conocemos la numerosa descendencia de algunos de ellos.

Por su parte, un hijo del sargento Juan de Rojas, llamado Juan Antonio, contrajo matrimonio con doña María del Rosario de Córdoba en 1719. Tuvieron al menos dos hijos varones: Manuel Antonio y Francisco Julián de Rojas, ambos con descendencia.

¿De dónde venían estos Rojas de la Villa de Santa Ana y su área de influencia que formaban parte de la élite blanca de la isla a finales del siglo XVII y principios del XVIII? Debido a que no se conservan los libros sacramentales de Santa Ana del Norte antes de 1710 -o al menos no están disponibles para su acceso online-, no hemos podido ir más atrás en la genealogía de los Rojas para poder dar respuesta a esa pregunta. Sin embargo, es probable que descendieran de los primeros Rojas que aparecen en la historia de Margarita, quienes según dice Antonio Herrera-Vaillant en su obra La estirpe de las Rojas (2007) fueron Gonzalo Hernández de Rojas, hijo de Juan González Cordobés y de Leonor Hernández de Rojas, nacido en Aznalcázar (Sevilla) hacia 1470, y su sobrino Alonso de Rojas. Procedentes de Santo Domingo, donde residían, ambos se dedicaron a propulsar la actividad perlífera en Cubagua incluso antes de la fundación de Nueva Cádiz en 1528, de la que el primero fue Alcalde Mayor en 1530 y 1540 y el segundo regidor desde el año 1527. Tras el terremoto sufrido por la isla en 1541, tío y sobrino pasaron a ser pobladores de Margarita. Al parecer Alonso, que nacería hacia 1500, probablemente en Santo Domingo, murió antes de 1562 dejando descendencia en Margarita.

Según Herrera-Vaillant, la famosa Ana de Rojas -que junto con su marido el capitán Diego Gómez fueron asesinados por el Tirano Aguirre en Margarita en 1561- habría sido hija o hermana de Alonso de Rojas. Por una mera cuestión cronológica es más probable que fuera lo segundo. En cualquier caso, doña Ana, famosa por su belleza, y don Diego fueron padres de un hijo varón y ocho hijas, de las cuales seis contrajeron matrimonio con los principales conquistadores y pobladores de Santiago de León de Caracas, entre ellos Garci González de Silva, Francisco Infante y Cristóbal Mejía de Ávila. Se las conoció en tiempos como el clan de las Rojas, y de ellas un contemporáneo escribió en 1587:

“Si algunos delitos grabes que se cometen por cierta parentela de esta ciudad [de Caracas] que se dicen las Rojas, que son siete hermanas, todas casadas, y con muchos hijos y nietos que son la mitad del pueblo y acostumbrados a no ser castigados, que no puedo averiguar con ellos a causa de que la Audiencia les hace mucho favor porque son ricos”.

Según prueba Herrera-Vaillant en su libro, durante los siguientes tres siglos y medio toda la élite vertebradora de lo que luego fue Venezuela, incluyendo a Simón Bolívar y Antonio José de Sucre, descendía de las Rojas.

Pero retomemos el relato donde lo habíamos dejado, que era la cuestión del origen de María Dolores de Rojas, la que de momento es la antepasada más antigua conocida de este apellido de las hermanas Rojas y de su hermano Camilo. A falta de documentos fidedignos que acrediten la filiación de María Dolores, podemos apoyarnos en evidencia indirecta, como por ejemplo la que proporcionan los padrinos de bautismo. Para ello tengo que hacer un paréntesis en la narración y detenerme a hacer algunas consideraciones en torno al asunto de los padrinos.


Capítulo 5: los padrinos de bautismo


Se han hecho estudios que demuestran que, en las sociedades de cultura latina de ambos lados del Atlántico durante los siglos XVII y XVIII, la elección de los padrinos de bautismo era una parte importante de la estrategia relacional de las familias, especialmente en las localidades pequeñas. Había dos estrategias principales. La primera era elegir al padrino o a la madrina como posibles padres sustitutos en caso de fallecimiento de los padres naturales del párvulo. En este sentido la elección solía recaer en un familiar, a menudo la abuela o una tía del bautizado.

La segunda estrategia consistía en elegir como padrinos a personas con una posición social y económica destacada en la comunidad. Con ello no sólo aumentaba el prestigio social de los padres del bautizado, sino que a menudo se lograban beneficios económicos tangibles. A modo de ejemplo, en algunos lugares los padrinos tenían costumbre de pagar las tasas eclesiásticas del bautismo y correr con los gastos de la celebración. Pero no sólo los padres de la criatura obtenían un beneficio de la elección, sino también los padrinos elegidos, pues para un hidalgo o una persona notable de la localidad el tener muchos ahijados era una señal externa de poder y prestigio; algo de lo que se presumía como si se tratara del escudo de armas con el que adornaban las puertas de sus casas.

En sitios como la isla de Margarita y otros lugares de la América hispana hay que mencionar además una tercera estrategia en la elección de los padrinos, y es que dada la frecuencia de hijos naturales -algo más bien raro en las poblaciones castellanas de la época- la elección como padrino o como madrina de un miembro de la familia del padre de la criatura le daba al párvulo o a su madre cierta “legitimidad” o, en todo caso, cierto aval social.

El Bautizo, cuadro de Cristobal Rojas (1889)

En el caso de las familias Rojas, Romero y Velázquez de Margarita hemos visto todas estas estrategias durante los siglos XVIII y XIX. Así, un ejemplo de la primera estrategia sería el caso de Francisca Antonia Velázquez como madrina de todos los hijos de su hermana Juliana. Por otra parte, ya vimos que en el caso de los Romero, varones y mujeres notables de la familia como don Gabriel Romero, su nieto don Antonio Esperanza Romero y los hijos y la nuera de éste, don Justo Pastor Romero, don José Antonio Romero y doña Rosa Ramona Ávila, fueron padrinos de numerosos párvulos de La Vecindad de los Martínez, donde eran la familia principal. Por último, es posible que don José María Carantoña, hijo de don Domingo Carantoña, fuese el padrino de los hijos de Serafina Valdivieso por ser ésta hija natural de don Domingo.

En el caso de las Rojas, Toña al parecer siguió todas estas estrategias a la vez en el momento de bautizar a sus hijas y a su hijo Camilo. Así, Isabel Romero, hermana del padre de las niñas, ejerció de madrina de las dos mayores -María Candelaria y Leonor Antonia- mientras que el hermano de Toña, Julio Rojas, fue el padrino de esas dos mismas niñas y también de Mercedes. En el caso de Hortensia, sin embargo, si bien Toña escogió como madrina de la niña a una mujer de su familia -su tía Nicolasa Velázquez-, el padrino fue Manuel Romero Rojas. Éste, junto con su hermana Eusebia Romero Rojas también fue padrino de Camilo Enrique.

Hemos investigado a fondo a Manuel Romero Rojas y sabemos que debió ser una persona de destacada posición social en La Vecindad, hogar ancestral de todos los Romero. Nació aproximadamente en 1860, con lo cual tendría cerca de 40 años cuando apadrinó a Hortensia Rojas. Era hijo de don José María Romero y de doña Josefa Rojas y contrajo matrimonio con Clara Quijada, con la que tuvo once hijos. También fue padrino de numerosos niños, lo cual como hemos dicho era un indicador de estatus social en la época. Era primo segundo de Julio Romero, padre de las Rojas, y de su hermana Isabel, como puede verse en el árbol genealógico nº 4, donde se muestra su ascendencia paterna; pero también es posible que le unieran vínculos familiares con la propia Toña por el lado de los Rojas, lo cual habría supuesto que a su elección como padrino por razón de su posición social prominente se habría sumado como refuerzo la motivación familiar.




Capítulo 6: los Rojas (parte 2)


En el árbol genealógico nº 5 se muestra la ascendencia Josefa Rojas, madre de Manuel Romero Rojas, padrino de Hortensia y Camilo Rojas, hasta llegar al sargento don Juan de Rojas, nacido hacia 1670, de quien hemos hablado en el capítulo 4.

Francisco Julián de Rojas, nieto del anterior, tuvo de su esposa doña Francisca Josefa Rodríguez varios hijos, de los cuales nos interesa Clemente, nacido en octubre de 1759 y casado a los 21 años con doña Francisca Isabel de Lista, con la que tuvo al menos seis hijos. No es descartable -de hecho, es una hipótesis bastante razonable- que María Dolores de Rojas, abuela de Alejo y bisabuela de Toña, pudiese haber sido hija de esa pareja. Veamos en que se basa esta hipótesis.



Si se observa el árbol genealógico nº 5, se puede apreciar que los hijos de Clemente de Rojas y Francisca de Lista nacieron muy seguidos unos de otros salvo en el período comprendido entre 1785, cuando nace Juan Evangelista, y 1789, cuando nace Nicolás, al cual sigue poco después Norberto en 1792. Es muy probable que, entre Juan Evangelista y Nicolás, alrededor del año 1787, la pareja tuviese otro hijo cuya partida de bautismo se ha perdido debido al deterioro de los libros justo en esos años, algo que ya se comentó en el capítulo 4. María Dolores podría ser una candidata viable para ocupar el lugar de ese “hijo desconocido” de Clemente y Francisca. Primero porque, como hemos dicho, también se da la circunstancia de que su partida de bautismo se ha perdido, lo que sugiere que su nacimiento pudo tener lugar justamente en los años en que se perdieron partidas de los libros; y segundo porque ello implicaría que habría tenido 30 años en 1817 al dar a luz a su hija Escolástica, madre de Alejo, lo cual es razonable.

Se da la circunstancia de que León José de Rojas, hijo de Juan Evangelista y abuelo de Manuel Romero Rojas, y Escolástica de Rojas, hija de María Dolores, fueron bautizados el mismo día. De ser cierta nuestra hipótesis, habrían sido primos hermanos. Asimismo, Josefa, madre de Manuel Romero Rojas, y Alejo Rojas, padre de Toña, habrían sido primos segundos.

Durante la investigación, hemos encontrado otra posible vinculación entre Manuel Romero Rojas y Toña a través de María Silvestra Elizagarate, bisabuela del primero, y Serafina Valdivieso, bisabuela de la segunda. Mª Silvestra, nacida en La Vecindad el 31.12.1794, era ahijada de su tía materna Antonia Guerra y del marido de ésta, Domingo Carantoña, natural de Galicia. Domingo fue, a su vez, padre de José María Carantoña, padrino de los hijos mayores de Serafina Valdivieso, madre de Juliana Velázquez y abuela de Petronila. Es posible que Domingo Carantoña fuera también el padre de Serafina, estableciéndose así un lazo entre los descendientes de María Silvestra y los de Serafina.


Capítulo 7: ¿eran las Rojas personas “blancas”?


La pregunta es relevante teniendo en cuenta la importancia social que ha tenido el origen étnico de las personas en las sociedades americanas no solo durante el dominio español, sino también en el período postcolonial e incluso en el siglo XX. Ya hemos visto cómo hasta aproximadamente 1830, en las parroquias de la isla de Margarita se llevaban libros de bautismo, matrimonio y defunción por separado para las personas blancas, los guaiqueríes y los pardos y mestizos. Esa especie de apartheid social dejó prolongadas secuelas, pues estando los blancos situados en la cúspide de la pirámide social, muchos pardos y mestizos aspiraban a ser considerados como “blancos”. Ese fenómeno no sólo se observa durante la colonia, sino incluso décadas después de haberse introducido en Venezuela la noción republicana de la igualdad de todos los ciudadanos.

Libro de matrimonios de personas blancas, año 1713

Dicho lo anterior, la pregunta de si las Rojas eran o no personas blancas tiene difícil respuesta por varias razones. la primera es definir qué debemos entender por una “persona blanca”. Incluso muchos de los conquistadores y colonos españoles que llegaron a la Margarita probablemente tenían, como la mayoría de los españoles, algún grado de mezcla con genes del norte de África, por no hablar de los casos de judíos conversos o descendientes de conversos que lograron pasar a Las Indias. Al mismo tiempo, en la América hispana una persona podía y puede tener rasgos físicos exteriores propios de lo que consideramos alguien de raza blanca (algo un tanto subjetivo) y sin embargo tener antepasados indios o negros en su árbol genealógico. De hecho, el mestizaje en las elites blancas de las sociedades virreinales de América es un hecho ampliamente conocido y estudiado. Lo cual nos lleva a una consideración final con respecto de la noción de “blanco”, y es que en la América virreinal y, ciertamente, en la Margarita anterior a 1830, era blanco quien estuviese reconocido formalmente como tal, entre otras cosas por aparecer así registrado en los libros bautismales, con independencia de su ADN, que lógicamente no podía ser objeto de análisis en la época.

Si nos limitamos a esta última definición formal de “persona blanca”, lo que nos dicen las fuentes consultadas en esta investigación es que el árbol genealógico de las Rojas -que se muestra completo al final- estaba compuesto en su mayoría por personas que en los libros sacramentales de Santa Ana eran consideradas blancas. Sin embargo, hubo varias excepciones. La primera ya la hemos comentado en el capítulo 3, donde explicamos que Julio Romero, padre de las Rojas, fue el resultado de un matrimonio mixto entre su padre blanco y su madre parda o mestiza.

La segunda excepción conocida viene por el lado de Petronila Velázquez, madre de Toña, quien era el fruto de sucesivas uniones mixtas. Su tatarabuela, María Petronila Gamero, nacida en 1729, había sido el fruto de la unión de un esclavo mulato llamado Juan Eusebio Gamero y de una mujer “parda libre” llamada María Antonia Rivera, como ya adelantamos en el capítulo 2. Pero a partir de María Petronila, todas las mujeres de esa línea hasta llegar a Juliana Velázquez, abuela de Toña, contrajeron matrimonio o formaron pareja con hombres blancos. Como resultado, es muy probable que en la generación de las Rojas ya no quedase ninguna traza del ADN subsahariano del esclavo Juan Eusebio y de su mujer, como lo vienen a ratificar las pruebas de ADN que nos hemos realizado algunos de los descendientes de Mercedes Rojas.

Mapa étnico reconstruído de Mercedes Rojas basado en pruebas de ADN de sus nietos

No obstante, esas mismas pruebas revelan la presencia de un 20-25% de marcadores genéticos amerindios en Mercedes, un resultado que seguramente sea extrapolable a sus hermanas, con independencia del aspecto físico de cada una de ellas. ¿De dónde proceden esos genes amerindios? Una hipótesis razonable y evidente es que viniesen de Estanislaa Rodríguez, madre de Julio Romero. Sin embargo, tampoco es descartable que muchas de las personas oficialmente “blancas” -conforme a los libros parroquiales- que pueblan el árbol genealógico de las Rojas tuviesen en realidad alguna mezcla de indio guaiquerí. Por último, hay al menos una persona del árbol de quien no sólo desconocemos su origen étnico sino incluso su identidad. Se trata del padre de Alejo Rojas, padre a su vez de Toña. Creo que será muy difícil que lleguemos a saber más sobre este asunto.

Y hasta aquí llega este relato sobre las Rojas, los Velázquez y los Romero de la Banda Norte de la isla de Margarita.

Carlos Olivo Valverde
Donostia, domingo 21 de octubre de 2018

Árbol genealógico de las hermanas Rojas de Santa Ana del Norte, Margarita



Monday, August 13, 2018

La Margarita, Indias españolas, año 1700

Prólogo: en un lugar de las Indias



La isla Margarita o simplemente La Margarita, como se la conocía en los vastos territorios de la Monarquía española en América durante la época virreinal, fue testigo de algunos de los primeros asentamientos europeos en las Indias, más antiguos que los de Tierra Firme. Era parte de un Nuevo Mundo que en sus orígenes fue sobre todo antillano y en el que los centros de poder estaban en Puerto Rico, cuyo obispo ejerció jurisdicción eclesiástica sobre la isla hasta finales del siglo XVIII, y en Santo Domingo, de cuya Real Audiencia dependió política y administrativamente hasta 1739. En la época en que se inicia nuestro relato -principios del siglo XVIII- La Margarita permanecía más conectada con ese mundo que con la provincia de Venezuela, a la que entonces no pertenecía.

Era una tierra yerma y semi árida, sin ríos o corrientes permanentes de agua, sin yacimientos de oro ni recursos importantes una vez agotadas las pesquerías de perlas de Cubagua hacia 1535. Pero incluso en ese remoto rincón, la Monarquía española -que así llamaban los españoles de la época a su imperio- desplegó sus instituciones e implantó su jerarquizado sistema social. Éste encontraba fiel y perfecto reflejo en los libros parroquiales, donde se llevaba un cuidadoso registro de los nacimientos, matrimonios y defunciones de los habitantes de La Margarita: había un libro de “blancos y españoles” para los descendientes de los conquistadores y colonos originales y de los españoles venidos después; un libro de guaiqueríes, que era la denominación de la población indígena de la isla; y, finalmente, un libro de “esclavos, pardos y mestizos”. Para un ojo entrenado, el examen atento de estos libros es como abrir un portal temporal a La Margarita de entonces.

Portada del libro de matrimonios de blancos de 1713. Iglesia parroquial de Santa Ana del Norte

¿Cómo era la isla Margarita en la última década del siglo XVII y la primera mitad del XVIII?

Era una sociedad pobre en comparación con los grandes centros virreinales de las Indias, como lo atestigua la modestia de las construcciones que se han conservado de la época: la antigua iglesia matriz de la población de La Asunción; la iglesia parroquial de la villa de Santa Ana; o las fortificaciones de los puertos de Pampatar y Juangriego, que no resisten comparación con los impresionantes sistemas defensivos construidos por los españoles en Cartagena de Indias, La Habana o Puerto Rico. No había apenas suelos fértiles ni recursos hídricos que permitiesen una actividad agrícola importante, más allá de la de subsistencia, y las principales actividades económicas consistían en la pesca y el pastoreo.

Los habitantes de la isla se dividían principalmente entre los de La Ciudad, que es como se hacía referencia a la localidad de La Asunción, y los de El Valle, que eran los de la villa de Santa Ana y su comarca, conocida también como el Valle del Norte. Ésta extendía su jurisdicción hasta el puerto de Juangriego y el valle de Pedro González por el norte y hasta el de Tacarigua por el sureste. Además de la ciudad de la Asunción y del Valle del Norte, había otros cinco partidos: el valle de San José de Paraguachí, el puerto principal de Pampatar, el valle del Espíritu Santo, el valle de San Juan Bautista y el valle de Los Robles.

Plano de la isla Margarita por Juan Betín, 1660. Se puede ver (13) Santa Ana del Norte y (6) La Asunción.

Monday, February 5, 2018

Una historia genealógica de los Olivo (3a edición)

Caracas, con la basílica de Sta.Teresa y el Teatro Municipal al fondo

Prefacio

A principios de julio de 1814, tras un rosario de derrotas de los rebeldes independentistas frente a las tropas leales al rey de España, lideradas por un caudillo asturiano llamado José Tomas Boves, la  Segunda República de Venezuela estaba a punto de caer.

Los habitantes de Caracas, aterrados ante la inminente entrada en la ciudad del feroz caudillo, emprendieron el día 7 de julio una desesperada huida a pie hacia la ciudad de Barcelona, situada en la zona oriental de la provincia. De los aproximadamente veinte mil caraqueños que se calcula que marcharon, solo sobrevivirían unos nueve mil [1]. Los demás fueron diezmados por las tropas de Boves y su segundo Francisco Tomás Morales o bien sucumbieron ante las penurias del camino.

Algunos, sin embargo, fueron relativamente más afortunados, pues pudieron huir por mar a diversas islas del Caribe, entre ellas Trinidad, Jamaica y la isla danesa de Saint Thomas, situada a cinco días de navegación desde el puerto de La Guaira y en ese momento bajo control británico. En efecto, el mismo día 7 de julio, al menos ochocientas personas, en su mayoría mujeres y niños, lograron embarcar hacia Saint Thomas prácticamente con lo puesto [1].

Vista del puerto de Charlotte Amalie por Carl Bille
Con esta isla, había existido durante décadas un importante tráfico comercial desde Puerto Cabello y La Guaira que las autoridades españolas a veces toleraron y otras persiguieron, pero nunca pudieron impedir. Hay constancia de que “Puerto Cabello y La Guaira, para el momento en que se instauró la Junta Defensora de los Derechos de Fernando VII en 1810, estaba inundada de barcos ingleses provenientes de San Thomas” [1]. Su capital Charlotte Amalie, por su condición de puerto libre y centro de un intenso tráfico naviero, donde confluían y vivían en armonía ciudadanos holandeses, irlandeses, alemanes y franceses de todas las religiones, fue un refugio relativamente seguro para muchos venezolanos exiliados durante los años más duros de la guerra que se libraba en la provincia de Venezuela. La mayoría de estos exiliados salvaron la vida, pero poco más. Según las memorias de un anónimo legionario británico que se encontraba en la isla en 1816 [1]:

“…La isla de San Thomas brindó asilo a numerosas familias, refugiados de las costas españolas en el Caribe; una parte de la ciudad está exclusivamente ocupada por estos infortunados, muchos quienes han escapado con su mera existencia; su miseria fue de hecho extrema…”

Entre los exiliados venezolanos se encontraban los hermanos José Bernardo y Lázaro Olivo, naturales de Puerto Cabello. De ellos, de sus otros hermanos y de sus descendientes trata principalmente este relato.

Sunday, December 3, 2017

Caballeros de la Conquista

Un caballero aragonés de nombre Pierres Sanz, cuyo escudero portaba un estándarte con las armas de su casa, un ala de gules sobre campo de plata, cabalga al lado del Rey Jaime I de Aragón el Conquistador en su entrada a la ciudad de Xàtiva el día de Pentecostés del año del Señor de 1244. Tras un asedio de varios meses, la ciudad había sido finalmente tomada a los musulmanes. También acompañaban al Rey otros caballeros venidos de Aragón e incluso de más allá del mar, como es el caso de Bernard de Ferrers, hijo segundo de William, 4º conde de Derby y de su mujer Agnes de Kevelioc, hija de Hugo, 5º conde de Chester. Bernard, como segundón de una noble familia inglesa y deseoso de aventuras, había venido a buscar fortuna a estos reinos, pues había oído de sus luchas contra el Infiel. No sólo obtuvo la fama y la riqueza deseada, sino que mientras la línea de los condes de Derby se extinguia en Inglaterra, los descendientes de Bernard, al igual que los de Pierres Sanz y los de otros caballeros del rey Don Jaime, se multiplicarían en estas tierras, dando lugar a lo que en el Reino de Valencia se denominaría como los caballeros de la Conquista.

Escudo de armas de los Sanz
Los Sanz se encontraban entre los jueces repartidores de las tierras conquistadas a los moros entre los cristianos viejos que acompañaban al rey en su empresa, razón por la cual quedaron particularmente "bien heredados" en Xátiva, acumulando con el tiempo los señoríos de Señera, Alboy, Benemejís y Genovés. En las décadas siguientes se consolidaría su influencia y poder en la ciudad hasta el punto de que hacia finales del siglo, Ramón, nieto de Pierres Sanz, desposó a Blanca de Aragón, nieta del rey don Jaime, con lo cual -según dice la leyenda- se le permitió incorporar a sus armas las barras de la corona de Aragón.

Alfonso V el Magnánimo, rey de Aragón, por Pisanello
Un siglo y medio después, el 23 de febrero de 1443, un descendiente de otro de estos caballeros de la Conquista, Jaume de Malferit, natural de Xàtiva, cabalgaría junto a otro rey de Aragón, Alfonso V el Magnánimo, en su entrada triunfal en la recién conquistada ciudad de Nápoles. Acompañaba también al rey su capitán, Lluis Despuig, hijo de Bernat Despuig, que había sido en 1390 embajador del Rey Martín el Humano, tío abuelo del rey Alfonso. El momento quedaría reflejado en los bajorrelieves del arco triunfal de entrada del Castelnovo de Napóles. El rey, agradecido, dio a Jaume de Malferit el señorío de Aielo, en el partido de Xátiva, al que Jaume llevó muchas de las innovaciones culturales y tecnológicas de la Italia del Renacimiento.

Bajorrelieve de la Puerta de Aragón en el Castelnovo de Nápoles, fotografía de Carlo Raso

Saturday, November 18, 2017

Poyales del Hoyo, 1752

Iglesia de Nuestra Señora de Gracia
Fotografía de Juan Carlos Hernández Torres, con permiso de sus herederas

Por orden del Rey


En víspera de las celebraciones de Navidad de 1751, la pequeña villa de Poyales del Hoyo en Ávila se encontraba en estado de gran agitación. Corría de boca en boca el rumor de que pronto llegaría a la villa una delegación real que realizaría un censo de los habitantes y de sus bienes.

El rumor era cierto. Don Vicente Caballero y Llanes Enríquez de Guzmán, Caballero del hábito de Santiago y Corregidor e Intendente General de Hacienda, Guerra, Justicia y Policía de la ciudad de Toledo y su provincia -a la cual pertenecía Poyales en esa época- había emitido el 16 de septiembre un decreto en nombre del Rey por el que mandaba a todos los ayuntamientos, cabildos, concejos, corregidores, alcaldes mayores y ordinarios, ministros de justicia y demás personas de las ciudades, villas y demás lugares de la provincia a que tuviesen a Don Francisco del Castillo y Cabrera por su subdelegado para las diligencias de Única Contribución y obedeciesen sus autos y mandamientos. Éste, en uso de esos poderes, el 14 de diciembre de 1751 emitió desde Arenas un edicto por el que hacía saber a todos los vecinos, cabezas de casa y habitantes de la Villa del Hoyo que en el plazo de 15 días debían proceder a formar sus relaciones con indicación de nombres, apellidos, oficio, hijos, criados y bienes. El Ayuntamiento de la Villa del Hoyo debía garantizar el cumplimiento de estas disposiciones.

Los más prácticos e inteligentes del pueblo


También era objeto de comentarios en los corrillos de la plaza que la corporación municipal, en cumplimiento de las órdenes llegadas del subdelegado instalado en Arenas, se había reunido para elegir de entre los cabezas de familia de la villa a los tres que fuesen "los más prácticos e inteligentes" para que actuaran como peritos durante el tiempo que durase el censo y comprobasen las declaraciones de bienes de los vecinos.

Tuesday, November 7, 2017

El corregidor y la molinera

“Había un molinero honrado
que ganaba su sustento
con un molino arrendado
y era casado con una moza
como una rosa
tan guapa y bella
que el Corregidor, madre,
se prendó de ella.”

(romance que inspiró El Corregidor y la Molinera de Manuel de Falla)

Inés era una joven altiva y muy guapa, como lo había sido su madre. Cuando Don Francisco de Zubera y Castellar, párroco de la localidad abulense de Poyales del Hoyo, próxima a Arenas de San Pedro, la bautizó, siendo una recién nacida, en el invierno de 1665, anotó en el libro sacramental: “hija de padres desconocidos”. Pero en realidad todo el pueblo sabía que la niña era hija del Corregidor de la villa, el muy ilustre Don Francisco de Benegassi y Luján, natural de Arenas, quien había sucumbido a la belleza embrujadora de una moza del lugar.


Don Francisco era viudo y tenía 55 años cuando conoció a la madre de Inés durante su corta estancia como Corregidor en Poyales del Hoyo. Pertenecía a una de las familias más importantes de Arenas e, incluso, de Castilla. A Arenas había llegado su padre, Juan de Benegassi y Luján, tras ser nombrado por el Duque del Infantado, señor territorial de la villa, alcalde ordinario por el Estado de los Hijosdalgo. Este Juan de Benegassi era a su vez nieto de un caballero italiano llamado Giovanni Battista Vivaldo de Benegassi, perteneciente a una familia noble de origen piamontés instalada en Génova hacia el año 1390. Vivaldo de hecho fue embajador de la República de Génova ante el Rey Felipe II. Pero nunca regresó a Italia. Tras casarse en Toledo con una joven de esa ciudad fundó la rama de la familia Benegassi en España.

Genealogía de Don Inés de Benegassi, nacida en Poyales del Hoyo, Ávila
Los Benegassi españoles lograron situarse al cabo de una generación entre las principales familias de la nobleza media de Castilla gracias al enlace entre Francisco, hijo de Vivaldo, y doña Mariana de Luján, abuelos del Corregidor y bisabuelos de Inés. Los Luján eran, junto con los Vargas y los Zapata, una de las tres poderosas familias que constituían la nobleza original de Madrid. Habían llegado a Madrid, procedentes de la localidad de Pina de Ebro, en Aragón, en el año 1375, cuando Miguel Ximénez de Luxán, 4º abuelo de Mariana, acompañó en su viaje a Castilla a la reina Doña Leonor de Aragón, esposa del rey Juan I de Castilla. Tras llegar a Madrid, Miguel Ximénez de Luxán se estableció en la localidad de Illescas, donde casó con Catalina, hermana del confesor real, el poderoso Don Fernando de Illescas, y hermana también de los obispos de Sigüenza y de Zamora.

Saturday, January 28, 2017

Más admirada que amada

Había nacido en Madrid, en el número 11 de la calle de Calvo Asensio, en lo que ya entonces -corría el año de 1898- se conocía como el barrio de Argüelles. Pero sus primeros recuerdos de niña no eran de Madrid, sino de Alicante, pues sus padres habían emigrado a esa ciudad posiblemente buscando mejorar sus medios de subsistencia.

Su nombre al nacer, según consta en su certificado de nacimiento, era Emilia Concepción María de los Desamparados Culebras Morelli; pero cuando en agosto de 1925 contrajo matrimonio en Tetuán, capital del Protectorado español de Marruecos, lo había cambiado por el de Emilia Verdes Montenegro, adoptando el apellido de su abuela Concepción. Ésta murió poco antes de que Emilia naciera, lo mismo que sus otros abuelos. Concepción era hija de un escribano valenciano y nieta de uno de los tres hijos naturales que tuvo Francisco Verdes Montenegro, Marqués de Benemejís, uno de los grandes títulos del Reino de Valencia, con Isabel Llopis.

Nacimiento de Emilia Culebras en el registro municipal de Madrid. Archivo de Villa
De Luis Culebras Verdes Montenegro, padre de Emilia, sabemos poco. Nacido en Barcelona en agosto de 1871, durante un período de residencia más bien corto de sus padres -valencianos- en esa ciudad, se trasladó a Madrid antes de cumplir los veinte años. En el padrón municipal de la Villa y Corte aparece ya en el año 1890 viviendo con su madre Concepción, viuda, y sus hermanos, Amparo y Enrique, en la calle de San Hermenegildo, en lo que hoy es el barrio de Malasaña. Para ese entonces era dependiente de un comercio madrileño, con un salario de 1.200 pesetas mensuales, lo cual debía ser un buen sueldo para un joven de su edad (el alquiler del piso donde vivían era de 25 ptas./mes). Ese mismo año resultó exento del servicio militar, seguramente por ser el único sostén económico de su madre viuda y de sus hermanos más jóvenes.

Hacia 1896, el joven Luis Culebras conoce a la madre de Emilia, Patrocinio Morelli Hidalgo, hija de un profesor de música que había sido oficial del Real Cuerpo de Guardias Alabarderos, José Fructuoso Morelli. Para ese entonces Patrocinio, una joven menuda, de manos finas y tez pálida, acostumbrada a los salones de la buena sociedad madrileña, vivía con su abuelo, Don José Hidalgo y Terrón, ex Primer Profesor de la Escuela Militar de Caballería y una de la mayores autoridades en materia de equitación en la España del siglo XIX. En 1897 Patrocinio y Luis inician los trámites para casarse ante el Provisorato y Vicaría General Eclesiástica de Madrid, pero en agosto cancelan el expediente matrimonial, muy probablemente por el agravamiento del estado de salud de Mª Emilia Hidalgo, la madre de Patrocinio, quien fallece de cáncer en el Hospital de la Princesa ese mismo mes. Las desgracias se suceden y el 24 de diciembre del año siguiente, a menos de una semana de haber dado a luz Patrocinio a su hija Emilia, muere de un derrame cerebral José Hidalgo y Terrón, su abuelo y protector.

Monday, January 16, 2017

De profesión equitación

En el libro de nacimientos de la ciudad de Córdoba del año 1843, hay un registro de una niña a la que se puso por nombre María Emilia Araceli Magdalena de la Santísima Trinidad Hidalgo y Antrás, en el que se dice de su padre, José María, que era “de profesión equitación”. A la vista de esa críptica anotación, me pregunté qué demonios podía significar. Quizás el padre de una niña con un nombre tan aristocrático era un señorito andaluz entre cuyas ociosas actividades lo más próximo a una profesión era montar a caballo. Estaba lejos de la verdad.

Según la revista Memorial de Caballería, de la Academia de Caballería (número 69, página 99, junio 2010), José Hidalgo y Terrón (1823-1898), junto con Francisco de Laiglesia y Darrac (1771-1852), fue una de las dos figuras dominantes del panorama ecuestre español durante el siglo XIX. Ambos tenían en común el proceder de Andalucía, el haber sido oficiales del Arma de Caballería y el ser autores de importantes tratados sobre el arte ecuestre: Laiglesia y Darrac del libro titulado Elementos de equitación militar para el uso de la caballería española, publicado en 1819, e Hidalgo y Terrón de una obra posterior y también más moderna y ambiciosa. Publicada inicialmente en 1858 como Tratado de equitación y nociones de veterinaria, y retitulada en sus dos últimas ediciones ampliadas como Obra completa de equitación, fue creciendo y madurando junto con su autor a lo largo de tres décadas.

Un andaluz emprendedor

Hidalgo y Terrón nació el 27 de febrero de 1823 en Granada y fue bautizado el 1 de marzo en la Real Colegiata de esa ciudad con los nombres de Josef María de la Santísima Trinidad Juan Leandro Mauricio.

Colegiata de los Santos Justo y Pastor, Granada
Fue un joven precoz en muchos aspectos. En 1841, con 17 años, contrajo matrimonio en Lucena con una joven 3 años mayor, Dolores Antrás, descendiente de franceses. Unos años antes, con tan solo 13 de edad, se había iniciado en la práctica y la enseñanza de la equitación "en todos los ramos que abraza" (según declararía más tarde) y continúo haciéndolo tras casarse, lo cual supuso cambios frecuentes de ciudad. En julio de 1843 nació su hija mayor, Mª Emilia, en Córdoba, y al año siguiente, en octubre de 1844, su primogénito, José, en Osuna, Sevilla. En 1847, con 24 años, lo encontramos como profesor de equitación y director de la entonces recientemente constituida Sociedad de Equitación de Málaga. Pero quizás no debió permanecer mucho tiempo en el puesto, pues dos años después, en julio de 1849 nació su hijo Enrique, futuro militar, en Écija, Sevilla. A partir de 1854 recuperamos su rastro en Granada, donde el Ayuntamiento Constitucional le expide el título de picador del Escuadrón de Caballería de Milicia Nacional. Un año después, en junio de 1855, nació su hija Encarnación en esa ciudad.

Friday, January 13, 2017

El doctor José Verdes Montenegro y Páramo

Una búsqueda en Wikipedia da como resultado cuatro personajes destacados que llevaron el apellido Verdes Montenegro: Fernando Verdes Montenegro y Castro, ministro de Hacienda de Felipe V; Eduardo Verdes Montenegro, general del Cuerpo de Artillería y descendiente del anterior; José Verdes Montenegro y Montoro, profesor de filosofía en diversos institutos, escritor y militante del PSOE en tiempos de la Guerra Civil; y el Dr. José Verdes Montenegro y Páramo, destacado médico tisiólogo, miembro de la Academia de Medicina y de quien algunos autores han afirmado era primo hermano del anterior (1).

El Dr. Verdes Montenegro. Fuente: Real Academia Nacional de Medicina

De Fernando Verdes Montenegro, perteneciente a una familia de hidalgos de San Juan de Sistallo, Lugo, cuyos miembros ocuparon puestos importantes en la administración borbónica tras la Guerra de Sucesión, ya he hablado en otros artículos de este blog. Del General Eduardo Verdes Montenegro, que vivió en la segunda mitad del siglo XIX y fue poseedor de una mente dotada para la invención, me gustaría escribir más adelante. Pero en esta ocasión me interesa dirigir mi atención a otro de los personajes mencionados: al eminente doctor José Verdes Montenegro y Páramo.

Un resumen de su trayectoria profesional

Su biografía es bastante conocida o, al menos, ha sido ampliamente publicada. Valentín Matilla en su obra 202 biografías académicas (Real Academia Nacional de Medicina, Madrid, 1987, pp. 220-221) cuenta que nació en Valencia el 5 de septiembre de 1866, que se doctoró en medicina en Madrid en el año 1892 y que, tras una impresionante carrera como investigador y adalid de la lucha contra la tuberculosis, ingresó en la Real Academia Nacional de Medicina durante una solemne sesión que tuvo lugar el 3 de febrero de 1935. Falleció no muchos años después, el 29 de abril de 1942.

Fuente: Real Academia Nacional de Medicina

Wednesday, June 15, 2016

Firmas

Un amigo me ha dado la idea de hacer un post con las firmas que he ido encontrado durante la investigación genealógica familiar. La idea me ha gustado porque entre libros sacramentales, padrones y demás documentos variopintos que consulta el investigador en fríos archivos de todo tipo, las firmas son posiblemente de los pocos recuerdos vivos que podemos encontrar de alguien que hace mucho que se ha ido.

Francisco de Verdes Montenegro, Corregidor de la Puebla de Sanabria
n. en San Juan de Sistallo el 05.02.1656 (8º abuelo)

Juan Diego Verdes Montenegro y Castro, Caballero del Hábito de Santiago,
del Consejo de S.M. y Contador Principal del Reino de Valencia
n. en San Juan de Sistallo en diciembre 1690 (7º abuelo)

Fernando Verdes Montenegro y Castro, Caballero del Hábito de Calatrava,
del Consejo de S.M. en el de Indias y su Ministro en el de Hacienda
n. en San Juan de Sistallo en abril 1682 (7º tío abuelo)

Friday, June 10, 2016

"La Reina": una polka-mazurka para piano




Fructuoso José Morelli nació en Madrid el 21 de enero de 1843, en la calle de San Vicente Ferrer, actual barrio de Malasaña.

En junio de 1863, con 20 años, ganó un segundo premio como interprete de trompa en los concursos convocados por el Conservatorio  Nacional de Música y Declamación de Madrid.

En marzo del año siguiente participó en la primera interpretación pública de una obra de Wagner en España: la Marcha de la ópera Tannhäuser (Acto II, escena IV. Freudig begrüßen wir die edle Halle). Fue como integrante de una orquesta formada por músicos procedentes del Teatro Real, el Teatro de la Zarzuela y el Real Conservatorio y dirigida por el propio Francisco Asenjo Barbieri dentro de una serie de conciertos organizados por la Sociedad de Socorros Mutuos. La histórica representación tuvo lugar  en el salón grande del Conservatorio de Música y Declamación de Madrid en el Teatro Real.

Sunday, May 29, 2016

El fundador

En San Xoán de Sistallo, obispado de Mondoñedo, a 2 de junio de 1710,
"In Dei Nomine amen. Sepan cuantos esta escritura de testamento vieren como, yo, Don Francisco Verdes Montenegro, vecino del Coto de San Pelayo dos Redos, feligresía de San Juan de Sistallo, Dueño de la Casa do Pazio, solar del apellido de Verdes, hijo legítimo de Don Bartolomé de Verdes y de Juana Montenegro, Señores que fueron de dicha Casa do Pazio, estando de partida a ejercer el oficio de Corregidor de la Villa de la Puebla de Sanabria fuera deste Reyno de Galicia, temiendo me llegue la Muerte […] dispongo que mi cuerpo sea enterrado en la Iglesia Parroquial deste dicho Lugar de San Juan de Sistallo en la sepultura que tengo en la capilla mayor della propia de mi Casa y sus descendientes".
Como administrador regio de la Puebla de Sanabria, en Zamora, Francisco Verdes Montenegro gozaría de amplios poderes en materia civil y judicial en la villa y en todos los pueblos de su territorio, desde presidir los ayuntamientos y asegurar el buen estado de las obras públicas hasta supervisar la hacienda local y administrar la justicia real. Un cargo sin duda apetecible en tiempos de paz, pero que entrañaba riesgos considerables en tiempos de guerra como aquellos. A mediados del año de 1710, cuando aceptó el nombramiento real, a propuesta del Conde-Duque de Benavente, en cuyos territorios se encontraba la Puebla de Sanabria, la Guerra de Sucesión entre los partidarios de Felipe V y los austracistas partidarios del Archiduque Carlos de Habsburgo llegaba al que muchos consideran un año decisivo. Mientras las tropas del Archiduque hacían importantes avances en Aragón y Madrid, sus aliados portugueses dirigían con codicia su mirada a plazas como la Puebla de Sanabria, próximas a la frontera con Portugal.

La Puebla de Sanabria, Zamora
Don Francisco Verdes Montenegro era consciente de todo esto cuando supo que se le propondría para el cargo de Corregidor en la primavera del año 1710. A sus 54 años, viudo desde hacía 10 y siendo hidalgo de sangre notorio, con rentas y casa solar de su apellido en las localidades de San Juan de Sistallo y Santa María de Villapene, en Lugo, la idea de terminar tranquilamente sus días como líder de su comunidad, disfrutando de una envidiable posición social y lejos de los escenarios principales de la guerra debía ser tentadora. ¿Por qué acepto el cargo?

Don Francisco fue, junto con sus cinco hermanos, el primero en llevar el apellido Verdes Montenegro en la forma compuesta que luego se transmitió entre sus descendientes. Nació el 5 de febrero de 1656 en la feligresía de San Juan de Sistallo, en el actual municipio de Cospeito, Lugo. Su madre, Juana, fue hija del Capitán de Infantería Juan de Sanjurjo Montenegro, "hijosdalgo de sangre notorio con solar de su casa", natural de San Jorge de Rioaveso. Su padre, Bartolomé de Verdes, hidalgo de Villapene, le precedió como Señor de la Casa Do Pazio o Dopacio.