Sunday, October 21, 2018

Breve historia genealógica de las Rojas

Índice


Presentación
Capítulo 1: Toña Rojas
Capítulo 2: Juliana Velázquez
Capítulo 3: los Romero
Capítulo 4: los Rojas
Capítulo 5: los padrinos de bautismo
Capítulo 6: María Dolores de Rojas
Capítulo 7: ¿eran las Rojas personas “blancas”?


Presentación


La idea de este relato es dejar testimonio escrito de los resultados de mi investigación acerca de la historia y la genealogía de las familias Rojas, Velázquez y Romero, de la isla de Margarita. Esa investigación me ha llevado a revisar de manera exhaustiva los libros parroquiales de la iglesia de Santa Ana del Norte, los cuales fueron microfilmados por la Iglesia de los Mormones en la década de los 90 y recientemente han sido digitalizados para su acceso por Internet. No obstante, las partidas contenidas en los libros no están indexadas -es decir, su contenido no ha sido volcado en registros que puedan ser explorados con un motor de búsqueda-, lo que implica que la búsqueda de personas debe hacerse mirando imagen por imagen y descifrando la en ocasiones difícil caligrafía de los párrocos.

Aunque empecé este trabajo en el año 2016, y pude encontrar entonces las partidas de bautismo de las hermanas Rojas, hijas de Antonia (Toña), llegué rápidamente a un punto muerto por desconocer el nombre de los padres de Antonia y el del padre de sus hijas. Sin embargo, a finales del año pasado llegó a mis manos, por intermedio de mi prima América Gil Villalba, un borrador manuscrito con un árbol genealógico de las hermanas que se remontaba a Juliana Josefa Velázquez, abuela materna de Toña. A pesar de que el borrador -elaborado por Rosa Rojas, nieta de Toña, y su hija Rosdely Lárez Rojas- no tenía indicaciones de fechas de bautismo o matrimonio, fue suficiente para reemprender la investigación con nuevos bríos.

El resultado creo que ha sido satisfactorio teniendo en cuenta las enormes dificultades que ha supuesto el mal estado de conservación de los libros de bautismo, defunción y matrimonio (los llamados libros sacramentales) de Santa Ana, sumado a la pérdida completa de algunos de esos libros y la frecuente rotura de páginas de los que han logrado sobrevivir. A todo ello hay que agregar que el contenido de los microfilmes de los mormones, con sus docenas de miles de imágenes, a menudo no guarda orden cronológico y contiene una mezcla de documentos de distinta época o naturaleza. He tenido, por tanto, que hacer un trabajo previo de catalogación y preparación de índices del contenido de los microfilmes que ha consumido, como mínimo, la mitad del tiempo dedicado a la revisión y búsqueda en sí de partidas de bautismo, matrimonio y defunción. Lo que sigue es una narración basada en lo logrado tras completar mi investigación.


Capítulo 1: Toña Rojas


Desde que era niño, en la casa de mis padres siempre se habló de la generación de mi abuela Mercedes y de sus hermanas como de “las Rojas”, a pesar de que tenían un hermano varón llamado Camilo Enrique. Poco sabíamos, sin embargo, de la historia de esta saga mayoritariamente femenina. Toña, como llamaban familiarmente a Antonia Rojas, la madre de las hermanas -y del hermano-, fue al decir de la abuela Mercedes, una mujer “de carácter”. Pero casi todas las mujeres de la Margarita de finales del siglo XIX y principios del XX seguramente lo serían. Eran tiempos duros.

Aparte de ese borroso dato sobre Toña y alguna vaga noción aportada por mi padre sobre su abuela -de la que recordaba que vivía en el caraqueño barrio de La Pastora siendo él niño-, nada más se sabía de ella en mi casa. Recientemente, algunas de mis primas, bisnietas como yo de Toña, han aportado algunos datos más concretos. Por ejemplo, en relación con el fallecimiento de Toña, América Gil Villalba asegura que debió tener lugar hacia finales de la década de los años 1940, pues recuerda que su entierro tuvo lugar en el Cementerio General del Sur en Caracas siendo ella una niña de unos 4 o 5 años, a la que vistieron para la ocasión. También cuenta que en los últimos años de su vida, Toña vivió en una “casa de vecindad” en La Pastora. Por su parte, Rosdely Lárez Rojas recuerda haber visto en muchas ocasiones la lápida de la tumba de Toña en el Cementerio General del Sur con la fecha de su fallecimiento: 29 de abril de 1949.

Ahora, con los resultados de la investigación realizada en la mano, creo estar en capacidad de corroborar lo anterior y, al mismo tiempo, aportar datos adicionales a su biografía. Antonia María Rojas Velázquez, hija de Alejo Rojas y de Petronila Josefa Velázquez, nació en Santa Ana del Norte hacia el año de 1869 o 1870. Aunque su partida de bautismo es ilocalizable debido a la destrucción parcial del libro de bautismos correspondiente, tenemos datos precisos acerca del matrimonio de sus padres y de los nacimientos de sus hermanos, cuyas partidas de bautismo sí han podido ser encontradas.

Alejo y Petronila, padres de Antonia, contrajeron matrimonio en Santa Ana del Norte en noviembre de 1857 cuando tenían 20 y 18 años, respectivamente. Pronto fueron padres de una niña a la que bautizaron en julio de 1859 con el nombre de Petronila Josefa. A Petronila siguieron varios hermanos en rápida sucesión: Juan Manuel, nacido en julio de 1860; Julio, nacido en enero de 1863; María Josefa, nacida en enero de 1865; y Pedro Pascual, que nació en octubre de 1867, pero murió a los pocos días. La siguiente sería Toña, quien conforme a la edad que consta en su partida de defunción, nacería en 1869. Pero como he dicho, no es posible ser más preciso pues las páginas del libro de bautismo correspondiente a esas fechas se han perdido.

Igelsia de la Villa de Santa Ana del Norte

Todos estos hermanos Rojas-Velázquez fueron apadrinados por la misma pareja, formada por los esposos Manuel Gómez y Francisca Antonia Gamboa. El ofrecerle los niños a la misma persona o a la misma pareja para que los apadrinasen parece haber sido una costumbre arraigada en Margarita, al menos desde los primeros registros parroquiales que hemos consultado y que se remontan a 1710.

Aunque no podemos asegurarlo, hay motivos para pensar que Petronila, la madre de Toña, murió prematuramente entre 1877 y 1878 cuando sus hijos eran aún niños. No lo hemos podido confirmar porque se han perdido los registros de defunción de esos dos años. Sin embargo, en julio de 1879 el cura de Santa Ana realizó un asiento en el libro parroquial indicando que se habían pagado los derechos por una misa de aniversario a la memoria de una Petronila Velázquez que es muy probable que fuera la esposa de Alejo. Tres años después, el 22 de abril de 1881, el cura de nuevo registra el pago de derechos por una misa de aniversario de Petronila Velázquez. Teniendo en cuenta este último registro, cabe especular que el fallecimiento pudiese haber ocurrido en abril de 1877, a los cuatro meses de que Petronila diera a luz a una niña que fue bautizada como Petronila del Carmen.

De haber sido así, cabe preguntarse quién ayudó al viudo Alejo Rojas a criar a los niños. ¿Se casaría de nuevo? ¿Cuidaría de los niños la abuela materna, Juliana Velázquez, entonces de 64 años? ¿O serían sus tías Eusebia y Nicolasa Velázquez, hermanas de Petronila, entonces de 27 y 21 años, respectivamente? No lo sabemos, pero si Toña y sus hermanos hubiesen perdido a su madre -y posiblemente también a su padre- a temprana edad, eso habría marcado sin duda el futuro de los niños y su situación económica.

Siendo Toña una mujer de unos 20 años inició una relación con un joven de su misma edad llamado Julio Romero con el que tuvo cuatro hijas -las hermanas Rojas- y un hijo varón. Este Julio Romero era el vástago de una antigua familia de Santa Ana del Norte, fundadores de una localidad muy próxima llamada La Vecindad (también denominada oficialmente caserío Arismendi) en la que seguramente tuviesen aún propiedades para el momento en que Toña y Julio iniciaron su convivencia.

Julio, sin embargo, no era soltero;  estaba casado con una mujer llamada Eufemia Brito con la que tuvo varios hijos que fueron contemporáneos de los hijos que tuvo con Toña, dándose la circunstancia de que mientras los hijos de Julio con Eufemia fueron apadrinados por Candelario Romero, padre de Julio, y por Isabel Romero, su hermana, las dos hijas mayores de Toña -María Candelaria y Leonor- lo fueron por la misma Isabel Romero y por Julio Rojas, hermano de Toña.


Antonia Rojas Velázquez (“Toña”)

En uno de los pocos retratos de Toña que se conserva, realizado cuando era ya una mujer mayor, se la ve como una mujer de perfil noble, nariz perfilada, aunque algo prominente, labios delgados y cierta expresión bondadosa a pesar de lo acusado de los rasgos.

Rosdely Lárez Velázquez, su bisnieta, ha conservado de ella el recuerdo que le transmitió su madre Rosa Rojas:

“Era una mujer alta, delgada, blanca, de ojos claros. Mujer fina, de hablar bajo y buena educación. Tejía hermoso y enseñó a mis abuelas Librada Velázquez y Hortensia Rojas. Le disgustaba sobremanera que se sentaran en su cama; usaba enaguas y faldas largas, y fumaba unos "tabaquitos" que ella misma se hacía. Salieron de Margarita cuando mi abuela Hortensia se casó con "Ramirito" -que era gocho y militar en esa época- y se establecieron en Cumaná, donde nacieron los tres hijos mayores de mi abuela”.

Las hijas de Toña, en efecto, abandonaron la isla de Margarita siendo aún jóvenes. Algunas como Mercedes y Hortensia -y al parecer durante un tiempo también Leonor- terminarían instalándose en Caracas en la década de los 20 del siglo pasado, tras haber vivido unos años en la ciudad de Cumaná. En estas dos ciudades nacerían buena parte de los al menos veintitrés nietos de Toña (ver árbol genealógico nº 2), si bien los hijos de Camilo Enrique, su único hijo varón, nacieron todos en Margarita.


Según la partida de defunción de Toña del registro civil de la parroquia Altagracia de Caracas, murió a las 5 de la madrugada del 30 de abril de 1949 a los 80 años, en una casa situada en la parroquia de La Pastora; concretamente en la casa nº 10 entre las esquinas de Porvenir y Concordia. Fue sepultada, como hemos dicho, en el Cementerio General del Sur.

Partida de defunción de Antonia Rojas Velázquez, 30 de abril de 1949


Ubicación de la casa donde murió Toña Rojas en La Pastora, Caracas

Capítulo 2: Juliana Velázquez


Las hermanas Rojas descendían por parte de la madre de Toña de un linaje de gran importancia para explicar la historia familiar: el de los Velázquez. La que para efectos de nuestro relato podemos considerar como fundadora de esta saga, llamada Juliana Velázquez, nació el 19 de junio de 1813 en Santa Ana del Norte. En esas fechas, en Margarita y en otros lugares de Venezuela las parroquias llevaban por separado los libros de bautismo y matrimonio de blancos, indios guaiqueríes y pardos; es decir, personas con mezcla de negro, mulato o indio. Por eso sabemos que Juliana fue hija legítima del matrimonio formado por un padre “blanco”, Carlos José Velázquez, y una madre “parda libre”, María Serafina Valdivieso. Esta última descendía en tercera generación del matrimonio formado por un “pardo esclavo” de nombre Juan Eusebio Gamero y una “parda libre” llamada Antonia de Rivera, que nació hacia el año 1700.

Las descendientes por línea matrilineal de Antonia de Rivera y de Juliana Velázquez, incluyendo a las Rojas y a sus hijas y nietas también por línea matrilineal, tienen un denominador común: el de ser portadoras de un marcador genético conocido como haplogrupo C1b del ADN mitocondrial. El ADN mitocondrial no define ninguna de nuestras características físicas, pero tiene una propiedad singular, y es que se transmite intacto -sin recombinarse con el del padre- de madres a hijas generación tras generación.

El haplogrupo C1b se originó en una mutación que experimentó una mujer que se encontraba entre los primeros pobladores de América hace 17.000 años. En ese momento, los enormes glaciares que cubrían lo que hoy es Alaska empezaron a retirarse y permitieron migrar hacia el sur a grupos humanos hasta entonces atrapados en Beringia, un territorio hoy bajo las aguas del estrecho de Bering. Actualmente el haplogrupo C1b lo portan los descendientes por línea matrilineal de esa mujer en todas las Américas, tanto del Norte como del Sur, desde Alaska hasta la Tierra del Fuego. Es curioso que en muchas de las familias blancas anglosajonas de la costa este de los EE. UU. se haya transmitido la leyenda de una antepasada india, a menudo referida como una “princesa” india, y que muchas personas de estas familias hoy en día se hagan pruebas de ADN con la esperanza de comprobar esa tradición familiar oral, que a menudo resulta no ser cierta. En el caso de los descendientes de Juliana la existencia de una antepasada amerindia está sin embargo acreditada.

Poblamiento de América y propagación del haplogrupo mitocondrial C1b
Carlos José Velázquez y María Serafina Valdivieso, padres de Juliana, tuvieron también otros hijos, todos nacidos de su legítimo matrimonio: Dionisia, nacida en 1808, Toribio, nacido en 1811 y, finalmente, Francisca Antonia, nacida el 13 de junio de 1815 y, por tanto, dos años menor que Juliana.

Juliana, al igual que antes su madre Serafina, se unió a un hombre blanco, León José Díaz, descendiente de dos familias importantes de Santa Ana del Norte: los Díaz de Hinojosa y los Amundarain, de los que sabemos que fueron propietarios de esclavos, al menos hasta la época de la Independencia de Venezuela. Se da además la circunstancia de que León José era nieto, por parte de padre, de doña Luisa Bencerraje, portadora de un apellido cargado de historia, el del uno de los linajes más importantes y políticamente más influyentes del Reino nazarí de Granada antes de su caída a manos de los Reyes Católicos en 1492.

Juliana tuvo al menos seis hijos con León Díaz: Petronila -la madre de Toña Rojas-, nacida en 1839, cuando Juliana Tenía 26 años; Francisco José, nacido en 1843; Norberto Trinidad, nacido en 1846; Eusebia, cuya partida de bautismo no he podido localizar, pero que por su edad al morir debió nacer hacia 1850; Eduvigis, nacida en 1854; y Nicolasa, la menor, nacida en 1856, cuando ya Juliana contaba con 43 años. Conforme a una extendida costumbre margariteña, todos estos niños -menos Nicolasa- compartieron como madrina de bautismo a Francisca Antonia Velázquez, hermana menor de Juliana, y la mayoría -menos Petronila- tuvieron por padrino a Justo Pastor Romero, el que sería abuelo de Julio Rafael Romero, padre de las hijas de Toña.

De los hijos de León y Juliana, cuatro dejaron rastro en los libros sacramentales de Santa Ana: Petronila, Norberto, Eusebia y Nicolasa. Es posible, aunque no podemos asegurarlo, que los otros dos -Francisco Antonio y Eduvigis Velázquez- murieran en la infancia. Veamos brevemente los datos biográficos básicos de estos hermanos, aparte de Petronila Velázquez, madre de Toña y abuela de las Rojas, de la que ya hemos hablado.

Norberto Velázquez contrajo matrimonio en noviembre de 1880, a los 34 años, con la señorita Pilar del Carmen Caraballo, natural de Santa Ana. Tuvieron al menos ocho hijos, aunque no todos sobrevivirían a la infancia. Entre los padrinos de bautismo de estos niños estaba Catalina Caraballo, madre de Pilar, el párroco Jorge Quiterio Real y Nicolasa Velázquez, hermana de Norberto. Norberto Velázquez falleció en julio de 1921 a los 75 años en Santa Ana.

No sabemos si Nicolasa Velázquez tuvo descendencia. Además de haber sido en noviembre de 1898 madrina de su sobrina Modesta, hija de Norberto, en junio de 1902 fue también madrina, como se ha dicho antes, de su sobrina nieta Hortensia Margarita Rojas, hija de Toña. Falleció cinco años más tarde, en diciembre de 1907, a los 51 años.

Por último, Eusebia Velázquez fue madre de al menos dos niños varones: Francisco Máximo Velázquez, nacido en noviembre de 1874, y Bartolomé, en agosto de 1884. Murió repentinamente en julio de 1934 a los 84 años.

De los descendientes de los hijos de Juliana -aparte de Toña y sus hijas, protagonistas de nuestro relato-, podemos dar algunas pinceladas biográficas sobre Francisco, el hijo mayor de Eusebia. Se unió civilmente con Cipriana Mata, natural del Valle de Pedro González, con la que tuvo cuatro hijos: Narcisa del Carmen, nacida en octubre de 1898, amadrinada por su abuela Eusebia Velázquez; Hermenegildo, nacido en abril de 1901, también amadrinado por su abuela; Víctor Manuel, nacido en diciembre de 1904; y Librada, nacida en julio de 1907, cuya partida de bautismo no se ha podido localizar por la mala conservación de los libros parroquiales de esos años. Francisco Velázquez y Cipriana Mata contrajeron matrimonio canónico cuando Hermenegildo, Narcisa y Librada ya eran adultos, concretamente el 17 de agosto de 1942 en la iglesia parroquial de Santa Ana del Norte.

Los hijos de Francisco Velázquez eran prácticamente de la misma edad de Hortensia y Camilo Enrique, hijos menores de su prima hermana Toña Rojas; y siendo primos en una localidad pequeña seguramente habría bastante familiaridad entre ellos. En algún caso esa familiaridad dio paso a un vínculo matrimonial. Por ejemplo, en septiembre de 1950, Camilo Enrique Rojas, hijo de Toña, contrajo matrimonio a los 47 años con Rosa Elena Velázquez, de 28, hija de su prima segunda Narcisa Velázquez. También se unieron en matrimonio Rosa, hija de Hortensia Rojas, y Hernán Lárez Velázquez, hijo de Librada Velázquez, quien a su vez era hermana de Narcisa y prima segunda de Hortensia.

Las Velázquez fueron en general mujeres longevas. Juliana murió en noviembre de 1888 a los 75 años. Su hermana y madrina de sus hijos, Francisca Antonia, murió apenas unos meses después, con casi 74 años. Su hija Eusebia Velázquez murió, como hemos dicho, en julio de 1934 a los 84 años, aunque Nicolasa murió mucho más joven: en diciembre de 1907 con 51. Por último, las bisnietas de Juliana, tanto las Rojas como las Velázquez, murieron en general a edades avanzadas.


Capítulo 3: los Romero


En el capítulo 1 hablamos de Julio Romero, padre de las hermanas Rojas, y adelantamos que descendía de una importante familia de la comarca de Santa Ana del Norte.

Hemos podido investigar a los Romero hasta finales del siglo XVII y principios del XVIII cuando vivió el capitán Domingo Martín Romero, fundador del linaje como lo conocemos. Es posible -aunque no podemos afirmarlo con certeza- que el capitán fuera hijo de otro Domingo Martín, vecino de la isla, que en 1639 solicitó y obtuvo de la Real Audiencia de Santo Domingo -bajo cuya jurisdicción se encontraba entonces la isla de Margarita- la confirmación del oficio de depositario general de La Asunción. Es decir, se le designaba encargado de recaudar los ingresos del cabildo y de custodiar los bienes en litigio.

Al parecer, el capitán Domingo Martín fue propietario de uno o varios hatos de ganado situados en los valles que se extendían entre la villa de Santa Ana y el cercano puerto de Juangriego, donde con el tiempo se asentaría un poblado conocido como la Vecindad de los Martínez -en alusión al apellido ancestral de los propietarios- o, simplemente La Vecindad. El lugar estuvo vinculado a la familia al menos hasta el nacimiento de las hermanas Rojas a finales del siglo XIX, si bien para entonces había pasado a llamarse oficialmente el caserío Arismendi, en honor a uno de los próceres de la Independencia. Domingo Martín, que debió nacer hacia 1655, vivió al menos hasta 1726, año en que fue testigo de la boda de una de sus nietas, Leonor María Meneses. Como patriarca de la familia, y seguramente titular de un importante patrimonio, ejerció de padrino en los bautismos de sus numerosos nietos (ver el capítulo 5 sobre los padrinos de bautismo).

De los hijos que tuvo el capitán Domingo Martín con su esposa doña Francisca González tenemos noticias de cinco: Alonso, Francisco, Ana, Isabel y Francisca Martín. Todos ellos contrajeron matrimonio con otras personas del patriciado blanco de la zona, y los dos varones, se incorporarían -como era costumbre- a las milicias de blancos, donde llegarían a alcanzar los grados de teniente y de sargento, respectivamente. De estos hermanos, nos interesa particularmente Alonso -nacido probablemente hacia 1685 y casado en torno a 1710 con Gabriela de Salazar- por ser antepasado de Julio Romero y también porque fue en su tiempo cuando el apellido pasó de Martín o Martín Romero a simplemente Romero.

Partida de bautismo de Gabriel Martín Romero, 5 de marzo de 1725
Esta transformación del apellido al parecer sólo se produjo en Santa Ana del Norte y su área de influencia, pues en el censo de Margarita del año 1737 no aparece ninguna persona de apellido Romero entre los cabezas de familia de la ciudad de La Asunción. En la isla de Margarita, el apellido Romero sería, pues, típico de Santa Ana y de su comarca.

El teniente don Alonso Martín Romero y su esposa doña María Gabriela tuvieron diez hijos nacidos entre 1713 y 1731, ocho de ellos varones, todos apadrinados, como hemos dicho, por su abuelo, el capitán Domingo Martín. Uno de estos hermanos, Gabriel Martín Romero, nacido en 1725, contrajo matrimonio en 1753 con Isabel, hija de su primo hermano el capitán Antonio Meneses de Acosta y, por tanto, su sobrina segunda. Necesitaron dispensa del obispo de Puerto Rico. Y para que todo quedara aún más en familia, la ceremonia fue oficiada por don Bernardino Meneses de Acosta, tío de Isabel, primo hermano de Gabriel y cura rector "de la parroquia del valle de la Virgen". La pareja debió gozar de buena posición económica, pues consta en los libros sacramentales de la iglesia de Santa Ana que fueron propietarios de esclavos, lo mismo que Santiago y Silvestre Romero, hermanos de Gabriel.

Árbol genealógico nº 3. Ascendientes de Julio Rafael Romero
Las dispensas por consanguineidad se convertirían a partir del enlace de Gabriel e Isabel en algo habitual en esta familia. En 1773 un hermano de Isabel, Francisco Javier Meneses de Acosta, contrajo matrimonio con su prima segunda Rosa Antonia Romero, hija de Santiago, hermano de Gabriel. De nuevo otro obispo de Puerto Rico, fray Manuel Jiménez Pérez, tuvo que otorgar dispensa.

Don Gabriel Romero no sólo fue el patriarca de varias ramas de los Romero que llegarían hasta la época de las Rojas, sino también de otros linajes que tuvieron un papel relevante en Margarita. Una hija suya, llamada María Dolores Romero, contrajo matrimonio con don Manuel Isidro de Mata y fue madre del héroe de la Independencia, general Policarpo Mata, bautizado el 26 de enero de 1793 en la iglesia parroquial de Santa Ana del Norte, ejerciendo su abuelo Gabriel como padrino.

Pero es otro nieto de don Gabriel, Antonio Esperanza Romero, nacido el 17 de diciembre de 1783, víspera de la festividad de Nuestra Señora de la Esperanza, el que reclama ahora nuestra atención como antepasado directo de las hermanas Rojas. Al igual que ocurrió dos generaciones antes con sus abuelos Gabriel e Isabel, Antonio Esperanza Romero necesitó dispensa para casarse en febrero de 1808 con su prima tercera Juana Guerra. Ambos eran tataranietos del capitán Domingo Martín, cabeza del linaje.

La pareja tuvo nueve hijos y seguramente heredaron de sus mayores no sólo la preeminencia social que les daba el ser descendientes de las familias de la Conquista, sino también un importante patrimonio. Sabemos, por ejemplo, que tanto don Antonio como sus hijos José Antonio y Justo Pastor Romero, junto con sus respectivas esposas, fueron inhumados en el pavimento de la iglesia de Santa Ana delante del altar del Santo Cristo. Este privilegio requería licencia especial del obispo y estaba reservado a los miembros de la feligresía que se habían mostrado particularmente generosos con la Iglesia o que habían tenido una trayectoria especialmente destacada en la comunidad. También ha quedado constancia de las donaciones a la Iglesia realizadas por doña Rosa Ramona Ávila, esposa de José Antonio Romero y madrina de los hijos de Justo Pastor, hermano de su marido. Como personas principales, todos fueron padrinos de bautismo de numerosos párvulos nacidos en la Vecindad de los Martínez a lo largo del siglo XIX.

Candelario de Jesús Romero, hijo de Justo Pastor Romero y nieto, por tanto, de don Antonio Esperanza, nació en La Vecindad el 2 de febrero de 1846, festividad de la Virgen de La Candelaria. Sin haber cumplido aún los 19 años, contrajo matrimonio en enero de 1865 en primeras nupcias -tras recibir las dispensas preceptivas- con una prima, Petronila Meneses, que murió al año siguiente tras haber dado a luz a una niña a la que bautizaron con el nombre de Engracia. Dos años más tarde, Candelario volvería a contraer matrimonio, sólo que esta vez la contrayente no pertenecía a su misma clase social. María Estanislaa Rodríguez no era blanca, sino hija de padres mestizos. Por parte de madre, Estanislaa descendía a través de su abuelo, don Cosme de Amundarain, hombre blanco, de una de las principales familias de la isla; pero, don Cosme había hecho un matrimonio desigual con una mujer parda llamada Juana Silvestra de Tovar. También por parte de padre, Estanislaa descendía del matrimonio mixto; el formado por su abuelo Gabriel Rodríguez, pardo, con María Concepción González, blanca. No sabemos si don Justo Romero, padre de Candelario, se opondría a esta unión, pero resulta significativo que no actuara como testigo en la ceremonia matrimonial, como sí lo hizo la madre de Candelario, doña María Nicasia de Lista.

De este matrimonio mixto entre Candelario y Estanislaa nacería Julio Romero Rodríguez, padre de las Rojas. Curiosamente, la mayor de las hermanas Rojas, María Candelaria, nació al igual que su abuelo un día 2 de enero, festividad de la Candelaria. Fue amadrinada por su tía Isabel Romero y por su tío Julio Rojas.


Capítulo 4: los Rojas


El 21 de julio de 1837 tuvo lugar en la iglesia de Santa Ana del Norte un doble bautismo, el de los párvulos José Alejo y Alejo José Rojas, ambos nacidos el 17 de julio, día de la festividad de San Alejo. No eran, sin embargo, hermanos; ni siquiera sabemos -aunque es probable- si eran familia cercana. José Alejo era hijo legítimo de Fernando José de Rojas mientras que Alejo José era hijo natural de Escolástica de Rojas. Exactamente 20 años y 4 meses más tarde, Alejo José de Rojas -o simplemente Alejo Rojas, pues la partícula “de” del apellido acabaría desapareciendo- se casaría con Petronila Velázquez. Alejo José y Petronila fueron, como ya se ha dicho, los padres de Toña y los abuelos de las hermanas Rojas.

¿Qué sabemos de los antepasados de Alejo? ¿Quiénes eran los Rojas? ¿De dónde venían? A diferencia del caso de los Romero, sólo tenemos respuestas parciales a estas preguntas.

Cuando nació Alejo, el apellido Rojas era junto con Marcano, Lares y Quijada uno de los apellidos más frecuentes en la Banda Norte de la isla de Margarita, la cual tenía como capital a la villa de Santa Ana, pero extendía su jurisdicción a otras localidades como Juangriego, Pedro González, Tacarigua, Los Hatos, Pedregales y La Vecindad de los Martínez. Era además un apellido que compartían tanto los descendientes de los primeros colonos blancos de la isla como los mulatos y pardos descendientes de sus esclavos. La madre de Alejo, doña Escolástica de Rojas, pertenecía al primer grupo, pues su bautismo, que tuvo lugar el 21 de febrero de 1817 -es decir, 20 años y 5 meses antes que el de su hijo Alejo- aparece registrado en el libro parroquial de personas blancas de Santa Ana. Era hija natural de doña María Dolores de Rojas, mujer blanca de esa feligresía cuyos padres desconocemos por no haberse podido localizar su partida de bautismo debido al mal estado de conservación de los libros parroquiales en el período 1786-1788, cuando debió de tener lugar su nacimiento.

Partida de bautismo Escolástica de Rojas, 21 de febrero de 1817
Sin embargo, tenemos suficientes datos para al menos plantear algunas conjeturas razonables acerca de la posible ascendencia de María Dolores de Rojas. De entrada, sabemos que era blanca, lo cual permite acotar el campo de búsqueda al permitirnos descartar como ascendientes suyos a los numerosos pardos de apellido Rojas que vivían en la época en que nació. Por otra parte, gracias al censo que realizó en el año de 1737 el gobernador de la isla, don Alonso del Río y Castro, y a la revisión concienzuda de los libros parroquiales de la época también sabemos que durante el siglo XVIII, cuando nacieron María Dolores y sus padres, prácticamente todos los Rojas de la isla de Margarita vivían en la Banda Norte. Se concentraban principalmente en la propia Villa de Santa Ana, en la localidad de Los Hatos y, en menor medida, en Los Pedregales. No había en ese entonces vecinos de apellido Rojas en la ciudad de La Asunción. Esto permite restringir la búsqueda a la Villa de Santa Ana y a los poblados bajo su jurisdicción.

Además, sobre la base de la investigación realizada, creo no equivocarme -o al menos no equivocarme mucho- al afirmar que la gran mayoría de las personas blancas de apellido Rojas que aparecen en los libros de bautismo, matrimonio y defunción de Santa Ana del Norte y toda su área de influencia en la época en que nació María Dolores descendían de dos caballeros que nacieron hacia el año 1665: el teniente don Bonifacio de Rojas y el sargento don Juan de Rojas, ambos oficiales de los regimientos de milicias de blancos creadas por la Corona de España en la isla y que se nutrían de la aristocracia criolla. Un hijo del primero, llamado también Bonifacio, contrajo matrimonio en Santa Ana en 1714 con doña Dionisia Díaz de Hinojosa, con la que tuvo al menos once hijos, diez de ellos varones. Conocemos la numerosa descendencia de algunos de ellos.

Por su parte, un hijo del sargento Juan de Rojas, llamado Juan Antonio, contrajo matrimonio con doña María del Rosario de Córdoba en 1719. Tuvieron al menos dos hijos varones: Manuel Antonio y Francisco Julián de Rojas, ambos con descendencia.

¿Cuál era el origen de estos Rojas de la Villa de Santa Ana del Norte que formaban parte de la élite blanca de la isla a finales del siglo XVII y principios del XVIII? Debido a que no se conservan los libros sacramentales de Santa Ana antes de 1710 -o al menos no están disponibles para su acceso online-, no hemos podido remontarnos en la genealogía de los Rojas para dar respuesta a esa pregunta. Sin embargo, es probable que descendieran de los primeros Rojas que aparecen en la historia de Margarita ya en el primer cuarto del siglo XVI. Según dice Antonio Herrera-Vaillant en su obra La estirpe de las Rojas (2007), éstos fueron Gonzalo Hernández de Rojas, nacido en Aznalcázar, Sevilla, hacia 1470, hijo de Juan González Cordobés y de Leonor Hernández de Rojas, y su sobrino Alonso de Rojas quien probablemente nació en Santo Domingo alrededor de 1500. Tío y sobrino abandonaron Santo Domingo, donde residían, para embarcarse en el proyecto de organizar e impulsar la actividad perlífera en Cubagua. Allí viajarían y se instalarían incluso antes de la fundación de Nueva Cádiz en 1528, de la que el primero llegaría a ser Alcalde Mayor en 1530 y 1540 y el segundo regidor desde el año de su fundación. Tras el terremoto sufrido por Cubagua en 1541, Gonzalo y Alonso de Rojas pasaron a ser pobladores de Margarita. Hay evidencia de que Alonso murió antes de 1562 y dejó descendencia en la isla.

Reconstrucción de la ciudad de Nueva Cádiz de Cubagua
Según Herrera-Vaillant, la famosa Ana de Rojas -quien junto con su marido, el capitán Diego Gómez, fue asesinada por el Tirano Aguirre en Margarita en 1561- habría sido hija o hermana de Alonso de Rojas. Por una mera cuestión cronológica, es más probable que fuera lo segundo. En cualquier caso, doña Ana -famosa por su belleza- y don Diego fueron padres de un hijo varón y ocho hijas, de las cuales seis contrajeron matrimonio con los principales conquistadores y pobladores de Santiago de León de Caracas, entre ellos Garci González de Silva, Francisco Infante y Cristóbal Mejía de Ávila. Se las conoció en tiempos como el clan de las Rojas, y de ellas un contemporáneo escribió en 1587:

“Si algunos delitos grabes que se cometen por cierta parentela de esta ciudad [de Caracas] que se dicen las Rojas, que son siete hermanas, todas casadas, y con muchos hijos y nietos que son la mitad del pueblo y acostumbrados a no ser castigados, que no puedo averiguar con ellos a causa de que la Audiencia les hace mucho favor porque son ricos”.

Según demuestra Herrera-Vaillant en su libro, durante los siguientes tres siglos y medio toda la élite vertebradora de lo que luego fue Venezuela, incluyendo a Simón Bolívar y Antonio José de Sucre, descendía de estas otras Rojas.

Pero retomemos la cuestión del origen de María Dolores de Rojas, quien de momento es la antepasada más antigua conocida de este apellido de las hermanas Rojas y de su hermano Camilo. A falta de documentos fidedignos que acrediten la filiación de María Dolores, podemos apoyarnos en evidencia indirecta, como por ejemplo la que proporcionan los padrinos de bautismo, para dilucidar esa cuestión. Pero para ello tengo que poner en pausa el hilo de la narración para hacer algunas consideraciones en torno a la figura de los padrinos.


Capítulo 5: los padrinos de bautismo


Durante los siglos XVII y XVIII, en las sociedades de cultura latina de ambos lados del Atlántico, la elección de los padrinos de bautismo era una parte importante de la estrategia relacional de las familias, especialmente en las localidades pequeñas. Había dos estrategias principales. La primera era elegir al padrino o a la madrina como posibles padres sustitutos en caso de fallecimiento de los padres naturales del párvulo. En este sentido la elección solía recaer en un familiar, a menudo la abuela o una tía del bautizado.

La segunda estrategia consistía en nombrar como padrinos a personas con una posición social y económica destacada en la comunidad. Con ello no sólo aumentaba el prestigio social de los padres del bautizado, sino que a menudo se lograban beneficios económicos tangibles. Por ejemplo, en algunos lugares los padrinos tenían costumbre de pagar las tasas eclesiásticas del bautismo y correr con los gastos de la celebración.

Pero no sólo los padres de la criatura obtenían un beneficio de la elección, sino también los padrinos elegidos, pues para un hidalgo o una persona notable de la localidad el tener muchos ahijados era una señal externa de poder y prestigio; algo de lo que se presumía como si se tratara del escudo de armas con el que adornaban las puertas de sus casas.

En el caso de la isla de Margarita y otros lugares de la América hispana, hay que mencionar además una tercera estrategia relacional, y es que dada la frecuencia de hijos naturales -algo más bien raro en las poblaciones castellanas de la época- la elección como padrino o como madrina de un miembro de la familia del padre de la criatura le daba al párvulo o a su madre cierta “legitimidad” o, si se quiere, cierto aval social.

El Bautizo, cuadro de Cristobal Rojas (1889)
Las familias margariteñas de las que descienden las hermanas Rojas siguieron estas estrategias en la designación de padrinos durante los siglos XVIII y XIX. Un ejemplo de la primera estrategia relacional habría sido el caso de Francisca Antonia Velázquez, quien actuó como madrina de casi todos los hijos de su hermana Juliana, abuela de Toña Rojas, convirtiéndose así en candidata a madre sustituta en caso de necesidad. Por otra parte, ya vimos en el caso de los Romero ejemplos de la segunda estrategia al señalar cómo varones y mujeres de la familia con una posición social destacada -como don Gabriel Romero, su nieto don Antonio Esperanza Romero y dos hijos y al menos una nuera de éste- fueron padrinos de numerosos párvulos de La Vecindad de los Martínez, donde eran la familia principal. También la elección de don Justo Pastor Romero como padrino -junto con Francisca Antonia Velásquez- de los hijos de Juliana Velázquez, estableciéndose un vínculo entre estas familias cuyas implicaciones precisas desconocemos, pudo haber sido ejemplo de esta estrategia. Por último, es posible que don José María Carantoña, hijo de don Domingo Carantoña, fuese el padrino de los hijos de Serafina Valdivieso por ser ésta hija natural de don Domingo, lo cual vendría a ser un ejemplo de la tercera de las estrategias relacionales comentadas.

Toña, la madre de las Rojas, en lugar de decantarse por una sola de las anteriores estrategias a la hora de nombrar los padrinos de sus hijas y de su hijo Camilo, las siguió todas a la vez. Así, Isabel Romero, hermana del padre de los niños, con el que Toña no estaba legítimamente casada, ejerció de madrina de las dos hijas mayores -María Candelaria y Leonor Antonia- mientras que un pariente próximo, el hermano de Toña, Julio Rojas, fue el padrino de esas dos mismas niñas y también de Mercedes. En el caso de Hortensia, sin embargo, si bien Toña escogió como madrina de la niña a una mujer de su familia -su tía Nicolasa Velázquez-, eligió como padrino a Manuel Romero Rojas, un caballero de sólida posición social en La Vecindad, hogar ancestral de los Romero. Éste, junto con su hermana Eusebia Romero Rojas, también fue padrino de Camilo Enrique.

Hemos investigado a Manuel Romero Rojas y sabemos que nació aproximadamente en 1860, con lo cual tendría cerca de 42 años cuando apadrinó a Hortensia Rojas en junio de 1902. Era hijo de don José María Romero y de doña Josefa Rojas y contrajo matrimonio con Clara Quijada, con la que tuvo once hijos. También fue padrino de numerosos niños, lo cual como hemos dicho era un indicador de estatus social en la época. Era primo segundo de Julio Romero, padre de las Rojas, y de su hermana Isabel, como puede verse en el árbol genealógico nº 4, donde se muestra su ascendencia paterna por el lado de los Romero; pero también es posible que le unieran vínculos familiares con la propia Toña por el lado de los Rojas, lo cual habría supuesto que a su elección como padrino por razón de su posición social prominente se habría sumado, como refuerzo, la motivación familiar.




Capítulo 6: María Dolores de Rojas


Recuperemos ahora el relato donde lo habíamos dejado al final del capítulo 4 e intentemos establecer la ascendencia de María Dolores de Rojas mediante pruebas indiciarias. En el árbol genealógico nº 5 se muestra la ascendencia de Josefa Rojas, madre de Manuel Romero Rojas, padrino de Hortensia y Camilo Rojas, hasta llegar al sargento don Juan de Rojas, nacido hacia 1670, de quien hemos hablado en el capítulo 4.

Francisco Julián de Rojas, nieto del anterior, tuvo de su esposa doña Francisca Josefa Rodríguez varios hijos, de los cuales nos interesa Clemente, nacido en octubre de 1759 y casado a los 21 años con doña Francisca Isabel de Lista, con la que tuvo al menos seis hijos. No es descartable -de hecho, es una hipótesis bastante razonable- que María Dolores de Rojas, abuela de Alejo y bisabuela de Toña, hubiera sido hija de esa pareja. Veamos en que se basa esta hipótesis.



En el árbol genealógico nº 5 se puede apreciar que los hijos de Clemente de Rojas y Francisca de Lista nacieron muy seguidos unos de otros salvo en el período comprendido entre 1785, cuando nació Juan Evangelista, y 1789, cuando nació Nicolás, al cual siguió poco después Norberto en 1792. Es muy probable que entre Juan Evangelista y Nicolás, alrededor del año 1787, la pareja tuviese otro hijo cuya partida de bautismo se habría perdido debido al deterioro de los libros justo en esos años, algo que ya se comentó en el capítulo 4. María Dolores podría perfectamente haber sido ese “hijo desconocido” de Clemente y Francisca que completa la secuencia. Primero porque, como hemos dicho, también se da la circunstancia de que su partida de bautismo se ha perdido, lo cual encontraría una explicación lógica si su nacimiento hubiese tenido lugar en esos años; segundo, porque de haber nacido en torno a 1787 habría tenido 30 años en 1817 al dar a luz a su hija Escolástica, madre de Alejo, lo cual es una edad razonable para ser madre; y tercero, porque el hecho de ser hija de Clemente de Rojas contribuiría a explicar la existencia de un vínculo familiar entre Toña Rojas y Manuel Romero Rojas.

Podemos plantear una segunda hipótesis para explicar una posible relación entre Manuel Romero Rojas y Toña Rojas. El vínculo, conforme a esta hipótesis no habría sido estrictamente familiar, sino que se habría producido a través de María Silvestra Elizagarate, bisabuela del primero, y de Serafina Valdivieso, bisabuela de la segunda.

María Silvestra, nacida en La Vecindad el 31.12.1794, era ahijada de su tía materna Antonia Guerra y del marido de ésta, Domingo Carantoña, natural de Galicia. Domingo fue, a su vez, padre de José María Carantoña, padrino de los hijos mayores de Serafina Valdivieso, madre de Juliana Velázquez y abuela de Petronila. Suponiendo que la elección de este padrino -sin vínculos familiares obvios con la bautizada o su madre- hubiese respondido a la tercera estrategia relacional explicada en el capítulo anterior, entonces nos atrevemos a conjeturar que José María Carantoña pudiese haber sido medio hermano de Serafina, que era hija natural,y que don Domingo Carantoña habría sido el padre de ambos. De ser correcta la hipótesis, podría contribuir a explicar el que se hubiese establecido un lazo entre los descendientes de María Silvestra Elizagarate -en particular Manuel Romero Rojas- y Toña Rojas como descendiente de Serafina Valdivieso.


Capítulo 7: ¿eran las Rojas personas “blancas”?


La pregunta es relevante teniendo en cuenta la importancia social que ha tenido el origen étnico de las personas en las sociedades americanas no solo durante el dominio español, sino también en el período postcolonial e incluso en el siglo XX. Ya hemos visto cómo, hasta aproximadamente 1830, en las parroquias de la isla de Margarita se llevaban libros de bautismo, matrimonio y defunción por separado para las personas blancas, los guaiqueríes y los pardos y mestizos. Ese apartheid dejó prolongadas secuelas en la sociedad venezolana, pues al situar a los blancos en la cúspide de la pirámide social y otorgarles determinados privilegios, hizo que la medida de la valía de las personas viniese determinada por su composición étnica y llevó a que muchos pardos y mestizos aspirasen a pasar por “blancos” o a minusvalorar a otras personas "más pardas" o "más mestizas". Este fenómeno no sólo se observa durante la colonia, sino incluso décadas después de haberse introducido en Venezuela la noción republicana de la igualdad de todos los ciudadanos.

Libro de matrimonios de personas blancas, año 1713
Pero aunque la pregunta de si las Rojas eran o no “blancas” pueda ser pertinente en el contexto histórico que hemos dado al relato, tiene difícil respuesta por varias razones. La primera es que es difícil dar una definición objetiva de “persona blanca”. Incluso muchos de los conquistadores y colonos españoles que llegaron a la Margarita probablemente tenían, como la mayoría de los españoles, algún grado de mezcla con los pueblos musulmanes del norte de África que invadieron la península en el primer milenio; por no hablar de los numerosos colonos de origen canario y de los casos de judíos conversos o descendientes de conversos que lograron pasar a Las Indias. En segundo lugar, en la América hispana una persona podía y puede tener rasgos físicos externos propios de lo que consideramos alguien de raza blanca (un juicio en alguna medida subjetivo y condicionado por la cultura a la que pertenece el que lo emite) y sin embargo tener antepasados indios o negros en su árbol genealógico. De hecho, el mestizaje en las élites blancas de las sociedades virreinales de América es un hecho ampliamente conocido y estudiado.

La tercera dificultad para dar respuesta a nuestra pregunta concierne al tipo de evidencia que podemos emplear para formarnos un juicio al no tener la posibilidad de conocer el “mapa étnico” de las Rojas a través de pruebas de ADN. Sólo tenemos la evidencia documental que proporcionan los libros sacramentales anteriores a 1830, donde la condición de blanco, negro o mestizo quedaba registrada junto con el bautismo o el matrimonio de una persona. Pero hay que tener en cuenta que en la América colonial, era blanco quien estuviese reconocido formalmente como tal, entre otras cosas por aparecer así registrado en los libros bautismales, con cierta independencia de la verdadera etnicidad de una persona.

Si nos limitamos a esta última definición si se quiere "legal" de la raza de los bautizados, lo que nos dicen las fuentes utilizadas en esta investigación es que el árbol genealógico de las Rojas -que se muestra completo al final del relato- estaba compuesto en su mayoría por personas que en los libros sacramentales de Santa Ana eran consideradas "blancas". Sin embargo, hubo excepciones. La primera ya la hemos comentado en el capítulo 3, donde explicamos que Julio Romero, padre de las Rojas, fue el vástago de un matrimonio mixto entre su padre blanco y su madre parda o mestiza.

La segunda excepción conocida viene por el lado de Petronila Velázquez, madre de Toña, quien fue el fruto de sucesivas uniones mixtas. Su tatarabuela, María Petronila Gamero, nacida en 1729, había sido el resultado de la unión de un esclavo mulato llamado Juan Eusebio Gamero y de una mujer “parda libre” llamada María Antonia Rivera, como se ha contado en el capítulo 2. Pero a partir de María Petronila Gamero, todas las mujeres de esa línea hasta llegar a Juliana Velázquez, abuela de Toña, contrajeron matrimonio o formaron pareja con hombres blancos. Como resultado, es muy probable que en la generación de Petronila Velázquez, de Toña y de sus hijas ya no quedase ninguna traza del ADN subsahariano del esclavo Juan Eusebio y de su mujer, como lo vienen a ratificar las pruebas de ADN que nos hemos realizado algunos de los descendientes de Mercedes Rojas, donde no se observa presencia de marcadores genéticos africanos procedentes de esa línea.
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Mapa étnico reconstruido de Mercedes Rojas basado en pruebas de ADN de sus nietos

No obstante, esas mismas pruebas revelan la existencia probable de cerca de un 23% de marcadores genéticos amerindios en Mercedes, un resultado que seguramente sea extrapolable a sus hermanas, con independencia del aspecto físico de cada una de ellas. ¿De dónde proceden esos genes amerindios? Una hipótesis razonable es que los hubiese aportado Estanislaa Rodríguez, madre de Julio Romero, quien como sabemos era hija de progenitores registrados en los libros de pardos de Santa Ana. Sin embargo, tampoco es descartable que muchas de las personas oficialmente “blancas” que pueblan el árbol genealógico de las Rojas tuviesen en realidad alguna mezcla guaiquerí. Por último, hay que tener en cuenta que hay al menos una persona del árbol genealógico de las Rojas, el padre de Alejo Rojas, de quien desconocemos la identidad y, por supuesto, la condición étnica.

Epílogo


Y hasta aquí llega la historia genealógica de las hermanas Rojas de la isla de Margarita.

Aunque el lector haya encontrado aquí una cantidad importante de nombres, fechas y circunstancias relativas a la genealogía de las Rojas -y ese en realidad haya sido el objetivo original al iniciar este trabajo- inevitablemente de entre todos esos datos ha surgido un relato que al menos en el caso del autor de estas líneas ha modificado la percepción que tenía de una parte de sus antepasados y, por tanto, en alguna medida, de sí mismo.

Personalmente hay muchas cosas que me han llamado la atención en esta investigación. Quizás la principal es que detrás de la mayoría de las personas, incluso de las más humildes, puede haber una historia genealógica que nunca imaginamos. ¿Alguna vez imaginé yo de niño que si me subía a la máquina del tiempo y viajaba a la Margarita de principios del siglo XVIII me encontraría con que la mayor parte de los antepasados de mi abuela Mercedes eran personas principales de la Banda Norte de la isla, descendientes de Conquistadores y colonos españoles, pero que también entre esos antepasados había un esclavo, Juan Eusebio Gamero, que consiguió su libertad y llegó a ser capitán de las milicias de pardos? La pregunta es retórica porque la respuesta es obvia.

Pero las conclusiones que cada uno de nosotros, nietos y bisnietos de las Rojas, saquemos de todo lo que aquí se ha contado son en definitiva una cuestión personal. Ciertamente me encantaría conocer las tuyas.

Carlos Olivo Valverde
Madrid, martes 6 de noviembre de 2018

Árbol genealógico de las hermanas Rojas de Santa Ana del Norte, Margarita



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